Canta y no llores…

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Los coruñeses aficionados al fútbol hacen cuentas sobre las posibilidades que tiene el Deportivo de alcanzar en la última jornada un puesto para disputar la liguilla de ascenso y salir del pozo deportivo de la Segunda B.


Su suerte depende de otros resultados y ya se sabe que la fortuna suele ser esquiva. Había que buscarla en el césped jugando con criterio, lo que no hicieron los futbolistas de la plantilla que en muchos partidos parecían más una banda alocada de jugadores aficionados que profesionales del fútbol.


Claro que los problemas del club coruñés vienen de viejo y sería una temeridad intentar contarlo en el espacio de este comentario. Pero, resumiendo mucho, al Depor que se codeó con los grandes del fútbol nacional y europeo le llegó la etapa de “vacas flacas” en forma de crisis económica y malos resultados deportivos; de una campaña prolongada contra la directiva y de la indolencia de la ciudad. Todo eso empujó al precipicio a este símbolo de la urbe herculina.


Después aparecieron nuevos dirigentes que, en palabras de José María García, no vinieron a servir, sino a servirse del cargo. Sus desaciertos en la contratación de técnicos y jugadores precipitaron la situación actual del club, tan devaluado que ni siquiera ilusiona a sus aficionados más fieles.


Malos resultados aparte, que son el primer culpable, la temporada pasada culminó con el vergonzoso episodio del Fuenlabrada sin que las fuerzas políticas y sociales de A Coruña pegaran un golpe en la mesa de los dirigentes del fútbol. Seguro que el ex alcalde Vázquez, con una llamada telefónica, pondría firme a todo el Consejo Superior de Deportes y se ampliaría la Segunda División a 24 equipos. Para más escarnio, el mandatario de ese equipo chuleó al Depor dándose de alta como socio, lo que el ex presidente Lendoiro hubiera impedido levantando el cartel “reservado el derecho de admisión”.


Quiero decir con esto que la caída del Depor es también el síntoma del decaimiento de A Coruña. Cuando el equipo triunfaba en España y Europa la urbe ocupaba posiciones políticas relevantes, brillaba por su progreso urbanístico y ostentaba el liderazgo económico-financiero, comercial y empresarial como sede de empresas punteras. Después llegó la crisis que se llevó todas esas fortalezas, la ciudad perdió los liderazgos que ostentaba, entró en declive y arrastró a su equipo.


Pero no hay mal que cien años dure. A Coruña recuperará su pujanza y el Depor la categoría perdida para que nunca más tenga que escuchar “canta y no llores”, la melodía de Pedro Infante que corearon los seguidores del Celta el día 14 en el campo de Barreiro. Una humillación que dolió mucho a la castigada afición coruñesa. 

Canta y no llores…