EL CUADRO

|

Un buen artista me acaba de regalar su último óleo. Me lo debía desde chaval. Cuando yo le llamaba Cotonio y había obsequiado con un hermoso caballo de juguete en balancín, Pinto. Donde él galopara praderas, horizontes y sueños. Ahora rico en fidelidades, lealtades y entregas. Profesor por oposición de nuestra escuela de artes y oficios Pablo Picasso. Arquitecto técnico, delineante, melómano, historiador por vocación, licenciado en Filosofía Pura… Alegre, ameno, irónico, retrancudo. Uno de esos cerebros que te deja anonadado por su trastienda de conocimientos culturales. Un dialéctico objetivo de primera línea por sus argumentos y misiles dirigidos contra cualquier antagonista.
Pero a lo que iba. La ventana del marco me permite observar un paisaje muy gallego. La pintura plasma una pequeña ermita perdida en la Sierra del Caurel. Con su tejado de pizarra y la blancura de sus muros en el estupor del verde lugareño. Que marcha del azul al gris, a tonalidades oscuras y claras, explotando su trabazón de naturaleza recoleta. Que sabe de introspección aguda. De catarsis mediática. De dificultades superadas por la audacia del pincel y la espátula. Y delante del refugio espiritual-acorde conseguido de música barroca-, la criatura humana que reza formulándose mil preguntas al buscar la respuesta racional a la fe incrustada en el alma. Ocres, azules, amarillos, marrones, blancos. Arena bajo los pies y nubes que pasan displicentes navegando las nubes.
Difícil buscar acomodo a este óleo. Porque un cuadro puede restarle presencia a otro. O sabor. O capacidad para gozarlo. Yo he optado por la sencillez. El poder y la gloria. La paz sin sobresaltos. Encima de la coqueta para  contemplarlo entre dos Cristos –lámina de Dalí– y una originalísima cabeza de Tomás Pereira.
¿Verdad que es un buen aliciente para iniciar la mañana?

EL CUADRO