MALVINAS, SIEMPRE

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Treinta años en la memoria es apenas un retazo en la historia pero también puede ser un estigma para toda una generación. Treinta años atrás, lejos ya la de Vietnam, una de esas guerras capaces de alternar las retinas, y los sentimientos, a base de imágenes, la de las Malvinas recordaba, una vez más, la lucha del débil contra el fuerte, aunque el “débil”, en este caso, surcase la atroz ignominia de sustentarse, con la puerta entreabierta –porque de eso era consciente el resto del mundo– a base de la tortura, el rapto y la violación. Tal vez; no, seguro, esa fue la causa de tan valeroso esfuerzo, ese que se acomete desde los despachos y las balconadas de las multitudes, pero que se vive de un modo muy distinto en la trinchera, bajo el frío que acrecienta el hambre, cuando los que tienen que morir son otros. La Malvinas son la constatación de que los imperios se sostienen sobre la base de la sangre, tanto para los que son sometidos como para los agresores, nunca desde la razón política o la histórica.

La imagen más brutal, como una guadaña que cercena la razón, no es precisamente la de dos ejércitos enfrentados en la distancia o la de líderes cuyas razones y deseos beben exclusivamente de la fuente de la soberbia y el exceso. Fue una guerra en la distancia pero, de algún modo, en un país como el nuestro, tan “argentino” en sus entrañas, próxima por eso mismo. Lejos de conflictos internos como los que, desde hace años, asuelan Colombia, de las dictaduras de Chile, de la lucha contra la dictadura somozista en Nicaragua, de los actos extremos de Sendero Luminoso en Perú, con un autogolpista Fujimori enchido de porfirias golpistas que salpicaban –aún lo hacen muchas de ellas– el cono americano, la repulsa que las nuevas conciencias de la democracia en este país alimentaban se asentaban en el corazón más que en cualquier otro signo. Solo años después se supo hasta qué punto la ignorancia es el fruto del que beben los mediocres y cómo la guerra, cualquier guerra, no es más que la forma de tratar lo inevitable, aun a costa del exterminio. La película “Iluminados por el fuego” de Tristán Bauer es una de las mejores aproximaciones, si no la más realista, a un conflicto en el que la soledad, el acoso interno sobre tropas de reemplazo, mal formadas y peor equipadas, conduce a la inutilidad, como las soflamas militaristas que se transforman en lo que acaban todas ellas: en la cobardía. Fue la guerra de los “Exocet”, misiles desconocidos para el vulgo hasta entonces pero que desde aquella redoblaron valor en el mercado armamentístico tras ser capaces de herir de muerte una fragata inglesa, de los “Harrier”, que algún miembro –da igual quién– de la Casa Real inglesa tripulaba; pero fue, como todas las guerras en las que se lucha por nada –aunque ahora se sabe de sus posibilidades petrolíferas, del valor geostratégico y pesquero–, la guerra de las brabatas.

MALVINAS, SIEMPRE