Feliz felicidad

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suelo anotar frases en las que inspirar mis artículos o con las que apostillar mis libros. Una de las que tengo guardadas bajo siete llaves pertenece a Fitzgerald: “Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y porque sabía que nunca volvería a ser tan feliz”.
Esa curiosa sensación nos ha invadido a casi todos los mortales en algún momento y en algún lugar. Sin saber muy bien porqué, de pronto, todas las piezas del puzle parecen encajar. Aunque solamente lo hagan durante unos minutos, conoceremos el sabor de una felicidad que nos estimulará hasta la consecución de las siguientes metas que logren hacernos nuevamente presas de similares instantes de felicidad.
Por el camino lloraremos, nos cansaremos, nos desmotivaremos y nos cuestionaremos una y mil veces si los esfuerzos estarán mereciendo la pena. Pero lo único que nos mantendrá firmes en nuestros propósitos será la seguridad de que, a veces, hay una recompensa que ya conocemos y a la que le gusta jugar al escondite. Una amiga juguetona, que se presenta poco y mal, cuando no la necesitas tanto como la necesitaste o en el momento en que los ánimos están ya partidos.
Lo increíble de todo esto radica en que la felicidad que tanto anhelamos los mortales y que nos invita a pelear en mil batallas, no es más que la suma de muchos instantes alternos de plena satisfacción. No hay continuidad en este estado ni tampoco consistencia. Solamente queda el recuerdo grabado a fuego de aquellas plenitudes esporádicas y el deseo de lograr su repetición al precio que sea.
Después, como hay que vivir muchos días planos, nos vamos conformando con tener salud, trabajo y alguien a quien querer y que nos quiera…, pero somos conscientes de que eso no es más que la necesidad de clamar al cielo, a Dios o al destino, para que no nos sea arrebatado lo logrado.
Lo más curioso de todo, a mi juicio, es que esos anhelados instantes de felicidad que nos pasamos la vida buscando mientras el anterior llena el depósito de la gasolina necesaria para salir en la búsqueda del siguiente; pueden estar en cualquier parte. Tanto en el interior de un taxi, como paseando por la orilla del mar o dirigiendo un carrito de la compra en el interior de un hipermercado. 
La felicidad viaja en nuestro interior y se despierta cuando todo cuadra. Cuando los astros se confabulan para regalarnos la efímera sensación de que hemos subido un nuevo escalón o de que la vida se ha vestido de domingos para nosotros. 
Sin lugar a dudas, el mundo sería un lugar mucho mejor si cada cual lograse alcanzar la felicidad con más frecuencia y consistencia, sin embargo, lo que también es seguro es que se trataría de un sitio mucho más aburrido, ya que en la incesante búsqueda de la plena satisfacción nos vemos obligados a sortear un sinfín de retos que nos hacen crecer como personas y aportar algo de nuestra experiencia positiva a los tendentes a desfallecer.   

Feliz felicidad