Lorca, sensibilidad y niebla

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En el Rosalía, ciclo principal, Histrión Teatro, ofreció con aforos completos dos representaciones de “Lorca, la correspondencia personal”, bajo la dramaturgia y delicadísima dirección y acierto de Juan Carlos Rubio. En una celda, una hora antes de ser asesinado, el poeta granadino evoca su correspondencia con familiares, amigos y gentes de toda condición y clase. Lorca por su embrujo guarda un rincón imperecedero en nuestro corazón. Es una nueva Iris mensajera de dioses o como Ladón guarda el árbol de las Hespérides gracias a sus cien cabezas que lo mantienen despierto y gargantas que emiten silbidos diferentes.
Pero además de su inspirada producción lírica y dramática, a la que añadir empresarial con La Barraca, lo rodea una fantasmagoría de oscuridad, niebla y luz donde equidistan lo femenino y masculino. Un puente de intimidad hacia el alma de quien sabía escribir con sangre unas bodas, cantaba al compadre herido que quería morir en su cama, hablaba de Nueva York, Sudamérica o elucubraba sobre nuestras gárgolas: “Chove en Santiago,/ meu doce amor./ Camelia branca do ar/ brila entenebrecida o sol”. Red tendida al espectador para atraparle como una mosca desdoblada en mujer y hombre. Excelentemente interpretados por Gema Matarranz y Alejandro Vera, protagonistas telúricos platónicos.
Descriptivo lenguaje escénico. Cuarto de estar andaluz. Mesa camilla, sillas, jaula, cortinas, cortinajes y lámpara. Actores que acceden por el patio de butacas y trastocan el escenario vaciándole hasta convertirlo en apartado de correos o cajas de seguridad de una entidad bancaria de donde van sacando los expedientes, cartas y objetos. Música original y espacio sonoro sureño, los cuatro muleros y otros zapateados y bailes, guardias civiles con tricornios charolados, cancionero gitano. “Moreno de verde luna/ anda despacio y garboso./ Sus empavonados bucles/ le brillan entre los ojos”.

Lorca, sensibilidad y niebla