EL OTRO LADO DEL ESPEJO

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Lewis Carroll imaginó para Alicia en el País de las Maravillas un elemento recurrente para ubicarla en un ámbito fantástico. Matteo Renzi, el nuevo primer ministro italiano, ha optado por algo más procaz –sin el sentido peyorativo– como es el hecho de superar un sistema político con más que elevadas dosis de surrealismo y anclado si acaso en el pasado reciente, aquel que, a partir de la II Guerra Mundial, devino en difíciles gobiernos de habituales cambios, sujetos continuamente a pactos. Lo de atravesar el espejo lo ha dejado, si acaso, para más adelante, pero países como este en el que vivimos tienen sin duda la oportunidad de mirarse en el reflejo de otro nada recomendable –hasta ahora– para la imitación teniendo en cuenta el amplio abanico de espectros políticos, como lo es ahora Berlusconi, para tomar buena nota de que, simple y llanamente, lo básico, lo esencial, el sentido común en resumen, es lo que obliga a adoptar medidas de las que, sin ir más lejos, llevamos años, por no decir lustros, debatiendo aquí. No hay nada como enredar, y sobre todo prometer, para que las cosas, usualmente, no avancen.
No es la primera vez que recurro a la cita, pero es la obligada. Franco le dijo en ocasión a un contertulio que la mejor manera de que una cosa no prosperase era crear una comisión. Por la cabeza debe haberle pasado algo similar a este Renzi para hacer lo contrario y que, en cuestión de semanas, ha reorganizado la vida de un país sabiendo que es el excesivo aparato político y gubernativo lo que lastra su desarrollo en momentos de obligados cambios. Así que, mientras aquí llevamos décadas hablando, por ejemplo, de la reforma del Senado –cuestión recurrente donde las haya en todo Gobierno de turno y en toda propuesta política conocida– en Italia ha sido asunto de días, horas tal vez, dejar a la Cámara Alta sin voz, dinamitando así un procedimiento que, como sucede en el caso de España, solo sirve para eternizar la legislación, que es lo que hace el Congreso. Por algo le llamarán la cámara de los elefantes –a lo dinosaurios no llega el calificativo porque, como se sabe, estos ya se extinguieron–, pausados, lentos, grandes y –con disculpas expresas a los paquidermos– sin función aparente, dado que si en él no se aprueba lo propuesto por el Congreso a este regresa el trámite para darle el visto bueno. En cierto modo, Italia, con tan escasa credibilidad en el aparato político y en sus líderes como existe también en este país, ha optado por la razón. Claro que para eso se necesita todo aquello que, a fin de cuentas, es lo único que resulta necesario tener: voluntad de hacerlo y, sobre todo, alguien decidido a llevarlo a cabo. Que le pregunten sino a “Il Cavaliere”, habituado a bregar incluso desde la tumba más oscura para reaparecer cuando menos se le espera y, ahora, por lo que parece, definitiva y eternamente sepultado. No somos precisamente los únicos a tomar ejemplo, pero tal vez, en estos momentos, sea Italia un espejo en el que mirar.

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