Lección a aprender

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Horas antes de que el Congreso de Estados Unidos se reuniera pata testificar los resultados de las elecciones presidenciales, los diez ex secretarios de Defensa vivientes emitían un comunicado conjunto en el que recordaban a las Fuerzas Armadas su compromiso con la Constitución.  

La pregunta resulta inevitable: ¿qué podían presagiar tales personalidades para hacer una apelación directa a los militares recordándoles su deber de lealtad constitucional? La respuesta se ha encontrado, sin duda, en el asalto al Congreso por parte de seguidores de Donald Trump, la incitación de éste a presionar a los legisladores, su increíble contemporización con los violentos y su pasividad para con la protección debida a la sede de nada menos que la soberanía nacional.

Como ha dicho la nota editorial de Faes, en el asalto al Capitolio han concurrido muchos de los elementos comunes a todos los extremismos populistas: la “indignación” como una nueva categoría que justifica cualquier abuso, la fijación con el Parlamento como objetivo de la fobia populista, el desprecio a los marcos constitucionales y las negativas a aceptar las reglas del juego democrático. El populismo en sus distintas versiones viene a ser así la mayor amenaza para las democracias. Y lo ocurrido en Washington da la medida de este peligro; un riesgo que aquí, en estos nuestros lares, podríamos tener no tan lejos. Intentos ha habido.

Los hechos han sido de una gravedad extrema. La unanimidad al respecto de la clase política y mediática y de la opinión pública internacional ha sido total. Lo que está por determinar es hasta qué punto sus consecuencias serán duraderas, aunque lo previsible es que con creces así resulte. El reto que a sus 78 años asume Biden es pavoroso. Se enfrenta a una presidencia marcada sin remedio por este enorme trauma. 

Lo peor que le podría ocurrir es que el Partido Demócrata, que dentro de unos días va a tener en sus manos los máximos poderes políticos, se desplace, como en los tiempos de Obama, hacia ingenierías sociales que pisotearon valores de la América profunda y que en consecuencia han tenido su no pequeña parte en la profunda división y polarización de la sociedad norteamericana.  

Desde luego, el Partido Republicano, en el que se estaban imponiendo las voces más realistas y sensatas, deberá asumir que esta desoladora manera con que se ha cerrado la presidencia de Trump le plantea un desafío existencial: la necesidad de reconstruirse y forjar una nueva alianza con sus votantes que no suscriben barbaridades como las cometidas. 

En la oración con que terminó la tempestuosa sesión vivida en el Congreso luego de haber cumplido con el procedimiento constitucional previsto, se recordó que “el precio de la libertad es la vigilancia perpetua”. Un más que oportuno aviso para estos tiempos en que todo es ya posible; en que la realidad puede muy bien superar a la ficción, como ha sido el caso.

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