Silbatos hostiles

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Lo del Depor no tiene nombre. Sí mucha sombra, pero mala. Debe habernos mirado un tuerto o nos ha hecho vudú algún Rigoletto satisfecho de romper la alegría de los demás. Porque hay que ver como se aplican afición, directivos, jugadores, entrenador y cuerpo técnico... para que después unos tuerce botas del silbato te escamoteen penaltis, anulen goles, consientan el juego duro adversario y te sancionen con pena máxima un roce del juego. Seguro que nos acechan aguafiestas mala sombra impidiéndonos –ahí está para mayor inri nuestro descenso a Segunda División por partidos amañados o el asesinato de Jimmy, en las riberas del Manzanares, todavía sin aclarar–. No quiero pensar sí tales decisiones se observasen con el Barcelona, más que un club, o el Madrid que, pese a sus horas bajas, continúa siendo el mejor equipo del mundo mundial. Sin establecer odiosas comparaciones balompédicas evocamos la comedia de Francisco de Rojas y su juego de bobos: “¡Qué perezoso es el bien,/ y el mal, oh, qué diligente!”
A veces pienso en remedios caseros. Encomendarnos a Santa Rita, abogada de lo imposible, a Judas Tadeo, taumaturgo metafísico capaz de superar que una cosa sea y no sea al mismo tiempo; a los ajos que combaten el mal fario; a signos cabalísticos que rechacen los infortunios o instalar relojes especiales en Riazor que no midan los últimos cinco minutos de partido… Los árbitros con el Depor remedan mi pubertad donde un energúmeno desde el púlpito decía: “Pedro era un chico feliz. Bueno. Educado. Sereno. Matrícula de honor. Alma pura. Sin embargo, un día que regresaba de un baile tuvo un pensamiento impuro y minutos después un rayo le cayó encima... y ahora arde en el infierno!”. También es mala leche, razonábamos los más críticos, que vengas de divertirte y una mala chispa te arrebate a las calderas de Pedro Botero, ¿habrá leído este curita de marras “El condenado por desconfiado” de Tirso?

Silbatos hostiles