DESPERTAR

|

En los últimos tiempos, son habituales los descubrimientos sobre las adopciones ilegales realizadas por un número todavía desconocido de familias españoles que se hicieron cargo en las décadas precedentes de bebés sobre los que se acreditaba la defunción. Si tal situación hubiese tenido contados ejemplos, aislados en un área geográfica determinada, no hubiese acaparado, posiblemente, más tiempo que el que su conocimiento acaba por otorgar al olvido.

Pero no son pocos de aquellos bebés a los que se les negó una existencia natural en compañía de sus padres y madres, los que ahora están buscando a sus verdaderos progenitores, ni tampoco los que tratan de hallar una explicación a esa macabra decisión, supuestamente caritativa, que llevó a facultativos y religiosos, en perfecta connivencia, a convertir su triste existencia en omnipotente para llenar féretros con el patético aire que arrastra tal hipocresía.

No hace muchos días, este periódico recogía una de esas vidas, la de una mujer adoptada que conocía en As Pontes a sus padres biológicos cuarenta años después. Las pruebas son irrefutables, tanto como lo es la estulticia de quienes deshicieron la vida de unos para alegrar la de otros. Saberse el protagonista involuntario debe de ser similar al despertar de un largo y no deseado coma –en este caso de 40 años– con el agravante de la premeditación y con el deseo, pese a lo que niegan algunos de sus responsables, de hacer, simplemente, daño. Y todo daño debe tener un castigo.

DESPERTAR