La compasión

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Somos de causas perdidas. De defender al débil y ponernos en la piel del que no puede ganar. Nos solidarizamos. En las tertulias de bar y en las redes sociales. Salimos a la calle si hace falta. O nos encerramos en un portal, si es el caso. Pero tenemos que creer en lo que apoyamos. Si hay dudas, nos entregamos al desdén con la misma intensidad con la que nos habríamos apasionado.
Una madre enferma y sin trabajo y una orden de desalojo parecen los ingredientes ideales para que saquemos las uñas contra la injusticia. Luego llegan los matices, y lo que creíamos un caso claro empieza a llenarse de borrones. La ayuda municipal, la oferta de vivienda rechazada, los niños apartados para su protección desde hace tiempo. Los niños. Utilizarlos como reclamo para ganarse al público sería una treta rastrera. Por eso queremos pensar que el error fue nuestro, que quizá no entendimos bien lo que nos quisieron contar. Que nos dejamos llevar por la compasión y por la tentación fácil de buscar buenos y malos. Eligiendo bando antes de tener toda la información.
Después fueron apareciendo datos y sospechas. Como la de que intentaban engañarnos. Conducirnos hacia la pena para justificar lo que en el fondo sabemos que no tiene excusa. Es por esa vergüenza torera en la que nos educaron. Ese antes dejar de comer que tener una deuda. No podemos evitar pensar que si la renta se va del presupuesto hay que buscar una alternativa antes del primer mes impagado. Sacrificando el entorno, la calefacción o los muebles.
No entendemos que haya premio a la irresponsabilidad. Que todo pueda arreglarse con una campaña de comunicación que llame a la solidaridad mal entendida. Nos negamos a dejar de ver la situación con perspectiva. Con la distancia que hace falta en ocasiones para tener las ideas claras. A cada servicio le corresponde un pago. No hay más. Sin importarnos si el que lo recibe necesita el dinero para llegar a fin de mes o si le sirve para seguir engordando la cuenta.
Las tragedias reales son la de los niños  arrastrados al circo y el mensaje de que podemos olvidarnos de las normas si logramos que el número suficiente de personas se compadezca de nosotros.

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