EL MINISTRO QUE NO SUPO SERLO

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La dimisión de Alberto Ruiz-Gallardón al frente del Ministerio de Justicia, y también su renuncia al acta de diputado, no es ni mucho menos lo acostumbrado en este país, y menos si se tiene en cuenta una decisión acorde con los principios personales, que al fin y al cabo son los que han acabado por pasarle factura en una ley tan polémica como arbitraria pero, sobre todo, tan poco acorde con la realidad social y con los avances de las últimas décadas en España.
En un país en el que la dimisión viene siempre impuesta por la presión de la sociedad o la decisión del partido de turno, pero en el que raras veces fructifica, es todo un avance, una novedad si se quiere, que quien estaba llamado –porque así lo había hecho creer lo que Zapatero hubiese llamado talante– a ser uno de los más preclaros líderes de una nueva derecha que se empeña en alejarse de tópicos, el ser coherente con el sentido práctico que supone preguntarse para qué se está si no sirve para nada. Ruiz-Gallardón será sin duda recordado no solo porque en su propio partido se encontró con un fuerte rechazo a la reforma de la ley del aborto, sino también por cuestiones como la de la reforma de la Justicia, que tanto desamparo ha causado, o un proceso de reorganización que, conviene recordar, contempla la desaparición de partidos judiciales, aunque en casos como el de Ferrol parezca que la cosa se ha quedado en nada.
El problema para quien se consideraba imbuido de un progresismo al que hasta Joaquín Sabina ya no reconoce, se traduce en el olvido de quien, pudiendo avanzar, se ha empeñado en retroceder y, con ello, tratar de que lo haga la sociedad española. La consecuencia es lo ya mencionado: el olvido. Y es que nunca se recuerda aquello que en sí mismo es malo o que causó quebranto, sino lo que supone un avance real que contribuya a una sociedad más justa y acorde con la obviedad, en numerosas ocasiones sujeta al sentido práctico de las cosas y la lógica del pensamiento.
El olvido es pues el principal trauma. Como ejemplo de lo contrario, no por ello poco recurrente, tal vez el del fiscal general de EEUU, Eric Holder, que ayer mismo confirmaba su dimisión pero que se marcha no sin antes haber desarrollado una intensa labor en la protección de los derechos de la comunidad homosexual y transexual, o indudables avances en el procesamiento de terroristas y en la lucha permanente por afianzar los derechos de voto.  
Sombras también las tuvo, evidentemente, pero puede contar con sobradas luces, a diferencia de Ruiz-Gallardón, de quien tanto se esperaba pero que en nada parece haber brillado. Si acaso, lo ha hecho precisamente en esto último, en lo de irse, en lo que puede –o no, quién sabe– ser el último estertor de un político que se hizo querer, y hasta desear incluso entre las filas supuestamente progresistas, pero que ha dejado un rastro fácil de seguir tanto en el desierto como en la jungla.

EL MINISTRO QUE NO SUPO SERLO