ALAMEDA

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La mujer se preparó para salir de paseo, como todos los días camino de la alameda. Se acicaló, comprobó la merienda del bebé, la metió en el cochecito y salió de casa. Poco después estaba en el Cantón, en compañía del grupo de madres y entre el bullicio de decenas de pequeños corriendo sobre la explanada delimitada por los plátanos. La alameda, que en su momento sirvió de ejemplo a otras, estaba repleta de gente. Los espacios también se mueven y hoy la chiquillería y los padres optan por nuevos lugares.

Cuando se disponía a coger al niño, vio que no estaba. Alarmada, comenzó a mirar a todas partes. El bebé no andaba, así que la única explicación que halló fue que alguien, en un momento de descuido y de animada charla, se lo había llevado. Instintivamente miró a todos lados, tratando de encontrar a alguien que lo portase en brazos. La desesperación hizo que apareciese el guardia de turno, con aquel salacot blanco de la época similar a los de los “bobbies” ingleses.

Toda la alameda fue un hervidero: el guardia intentado calmar a la madre, el resto de las madres intentándolo también, los hombres dirigiéndose raudos hacia todos los lugares buscando al pequeño... Nada. El niño no aparecía en aquella alameda soleada y sombreada a un tiempo, con la brisa de la primavera aleteando entre las hojas. La alameda del Cantón quedó en silencio. Horas después llegó a casa abatida sin encontrar al niño. Este estaba allí. Se había olvidado de meterlo en el coche. Verídico.

ALAMEDA