Las idas y venidas del puerto herculino durante los siglos XVII y XVIII

Grabado del siglo XVII de la bahía coruñesa | aec

En el siglo XVII comienza a notarse el apretón al que son sometidos los ciudadanos por parte del fisco y los moradores de la Coruña no eran, en este caso, una excepción con respecto a los del resto del reino, los cuales tributaban una variedad de impuestos. Por lo que un buen número de los mercaderes más acaudalados de la Coruña comenzaron a interesarse por los cargos militares u de órganos oficiales para llevar a efecto su compra.


Desde los tiempos del rey Felipe II se vendían los puestos más insospechados y todos eran de por vida y en régimen de heredad, por el afán de cubrir los gastos a que estaba abocada la corona y también los cargos de la Inquisición, ya que ello llevaba aparejada la inmunidad del fisco. Esto explicaría asimismo la aparición de los mayorazgos, entre este núcleo de personas, por el desembolso de las fuertes cantidades abonadas en las compras de tierras y casas, abandonando de esta manera las actividades propias de sus negocios de mercaderes, con lo cual llevaba esta situación aparejada a la pérdida de poder desarrollar la ciudad o ciudades del reino, ante el inmovilismo al que se convertían los mercaderes más adinerados de este sector. Este endurecimiento fiscal motivó la fuerte decadencia comercial marítima en que se sumió España en sus costas, mientras que en el interior causó el empobrecimiento del desarrollo comercial del campo y de los gremios artesanales.

Una opción ilusionante
La gran esperanza de la Coruña se depositó en la Casa de la Contratación de Indias concedida, mediante privilegio del rey Carlos I, en 24 de Diciembre de 1522, pero esta alegría duró poco tiempo. De este modo, en 1529 se cierra el comercio en esa ruta marítima y con ello se van a pique los anhelos de los coruñeses, ya que este monarca vende los derechos sobre las Islas Molucas al rey de Portugal, mediante el pago de 350.000 ducados de oro, los cuales serían gastados en las guerras sostenidas por el propio monarca Carlos I.
Este fracaso supuso que el puerto de la Coruña quedase reducido al mero tráfico peninsular y a un decadente comercio con los demás estados europeos,

principalmente Francia, Inglaterra y Holanda, motivado por los constantes conflictos armados sostenidos por la Casa Real de los Austrias contra otras monarquías de la floreciente Europa. Esta decadencia se prolongó en el tiempo al menos hasta 1605, cuando las aguas coruñesas vuelven a recibir a los navíos ingleses cuyo comercio siempre fue más beneficioso para ellos que para los coruñeses, ya que a través de sus barcos se importaban productos comerciales de los más variados géneros y esta ciudad solo podía ofrecer a cambio pesca, agricultura y vinos. De todos modos, durante este siglo XVII, el puerto mantuvo una actividad muy discreta y la sociedad apenas se desarrolló como consecuencia del bajo intercambio comercial mantenido con el exterior.

Gracias a la salazón
Será por tanto, en el siglo XVIII cuando gracias al sector de salazón, en manos de los catalanes afincados en la ciudad coruñesa, se consigue un elevado grado de productividad que permitirá un leve repunte de la débil economía coruñesa, la cual al exportar a otros mercados, incluidos el de Indias, el sobrante de lo producido generará unos beneficios que facilitarán el aumento de las importaciones.

De este modo, la Coruña se convierte, en poco tiempo, en el primer puerto del Reino de Galicia y, en 1689, son establecidos los Correos Marítimos entre Falmounth (Inglaterra) y la Coruña, y en cuyos intercambios se llegarían a realizar unos cuarenta viajes anuales entre ambos puntos. Sus navíos serían veleros de entre los 150 y 260 toneles de desplazamiento y su tráfico se componía principalmente del correo en general, valores mercantiles y viajeros. Esta ruta no era de carácter comercial, quedando la misma suspendida de un modo definitivo en 1763 al abrirse la de Santander. Ya con anterioridad se había suspendido, en varias ocasiones, por los diferentes conflictos militares sostenidos por los monarcas españoles. Este correo no generó una gran riqueza en sí mismo, pero permitió mantener una ruta de navegación comercial por otro conducto abierta a un país que se hallaba en pleno desarrollo comercial e industrial.

Por lo que, en la primera mitad del siglo XVIII, la situación del puerto de la Coruña es de casi un abandono total y, de este modo, en 1715 el concejo de la ciudad, presenta sus quejas a la corona por la grave crisis que atraviesa, agravada aún más por los fuertes impuestos que le toca pagar a la misma Hacienda Real. En 1723 la ciudad envía al rey un memorial en el cual se reconoce que el comercio portuario está totalmente parado. Mientras que el número de sus vecinos va en franca decadencia y muchos de ellos se hallan arruinados, a la vez que casi todo el comercio de importación se hacía mediante los navíos franceses, ingleses y holandeses.

El letargo portuario
De este modo, en 1734 se habilita el puerto de la Coruña para realizar la importación del Palo de Campeche, pero para que esto fuese realidad había que crear una compañía de navegación de origen gallego y como no se pudo hacer, su resultado fue un fracaso total, ya que ni siquiera se intentó poner el plan en marcha.


En 1749 el rey concede a la ciudad una Cédula Real para que el puerto pudiese comerciar con las Islas Canarias, a fin de aliviar lo que hasta ese momento era la penuria económica de la ciudad y de su puerto y que continuaría siendo durante algún tiempo más, por la grave situación que atravesaba la propia coyuntura mercantil de la Coruña.

Las idas y venidas del puerto herculino durante los siglos XVII y XVIII

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