El amor que reverdece entre los grelos

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Ocurre que, a veces, es difícil poner precio a las cosas realmente importantes. Quizá por eso María Rosa González García (72) y Antonio Rodríguez (87), alias “el mono”, se dedican a acaparar amor y, en cambio, regalan los grelos que produce el huerto de él, en A Zapateira. No importa quién aparezca por ahí, en ese descampado frente a las Jesuitinas: puede estar seguro de volver a casa con una bolsa llena de esos carísimos grelos. “Se los damos a quien los venga a buscar, porque van muy caros y es una pena que se tiren”, afirma Rosa. 
Ellos tienen todo lo que necesitan: a sí mismos. Se conocieron  tiempo atrás, echando la partida en O Birloque pero no fue hasta hace tres años que comenzó su relación, como Rosa reconoce  “surgió la chispa”. Por aquel entones, “El mono”, lo estaba pasando muy mal: había muerto su esposa, después de 50 años de convivencia. Ella siempre tuvo una salud delicada. “Le hacía las curas yo, que ella no quería que se las hiciera nadie más”. Su hijo y su nuera lo acompañaron un par de meses pero, cuando se marcharon, sufrió un infarto. 
Rosa fue a visitarlo al hospital en calidad de amiga mientras estuvo ingresado pero, cuando llegó el momento de abandonarlo y volver a su casa, no se sintió capaz. “Lloraba, me dijo que no quería estar él solo entre esas paredes”. Apenada, ella decidió llevárselo a casa para que se recuperase. Habló con sus hijos: “Me dijeron que sí, que era una obra de caridad”. Así que Rosa y Antonio pasaron juntos el invierno en Monelos. 

soledad y pena
Todavía no había surgido el amor entre los dos, asegura Rosa: “Verlo así, solito, me daba pena”. Además, reconoce que también se sentía sola. “Aunque yo tenía mis hijos, que me arropaban”. Pasaron juntos y en armonía el invierno pero cuando llegó el verano, Antonio le propuso que viniera con él a su casa de A Zapateira. “Si no quieres dormir conmigo, no duermas. Te pongo una habitación aparte”. 
Ella tenía una nieta que cuidar (ahora tiene seis años), pero Antonio le aseguró que no sería un impedimento y que podría cuidarla cuanto quisiera. Y lo cierto es que la niña disfruta mucho visitando la huerta de A Zapateira en la que crecen además árboles frutales (kiwis, peras, pavías...), hortalizas y tienen un gallinero con catorce gallinas y un gallo: “Quiere mucho a Antonio. Vino un día a ayudar a mondar el cebollino, y también vio cómo acostaba a una gallina para sacar los huevos y sacó dos”. Para Rosa, también es agradable volver a un entorno más rural y alejarse un poco de la ciudad: “Yo nací en la aldea y sé como se cosechan ciertas cosas, pero marché muy joven para Alemania y luego a Francia”. Además, la convivencia con Antonio es muy buena. “Maravilloso”, añade él.

la única sombra 
La única sombra que empaña tanta felicidad es la familia de Antonio, que no acepta su relación, como ocurre en tantas historias de amor. Desde que murió su mujer, viven enzarzados en disputas legales por las propiedades. “Incluido el dinero de una venta de terrenos que era mío, pero que ingresé en una cuenta conjunta, mía y de mi mujer”, explica Antonio. 
Su familia recela de las motivaciones de Rosa, que se defiende: “Yo no estoy aquí por interés. Tengo una paga, que no es mucha, pero es suficiente”. Cuando Antonio recayó por una arritmia, trataron de impedir que lo visitara en el hospital, pero gracias a la intervención de una doctora, consiguió una tarjeta de visita. “Ahora mi familia es la de Antonio”, asegura. Ellos seguirán allí hasta septiembre, cuando piensan alquilar la casa, pero seguramente regresarán a la huerta, donde seguirán cultivando los grelos. Y su amor. n

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