A cubierto y mojándose por la gracia de Dios

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No es que el tiempo acompañara pero, de todos modos, la iglesia de la Orden Tercera se llenó  ayer de feligreses, tanto de los que caminan sobre dos piernas como de los que lo hacen a cuatro patas. Era el día en el que el párroco imparte la bendición de San Antonio Abad y nadie quería perdérselo. Hasta 250 personas escucharon como el sacerdote entonó la oración pidiendo la intercesión del santo para que suscitara piedad divina hacia de los animales domésticos, “entregados sin defensa alguna a la indiferencia y a la crueldad humana” y hacia otros como “el león, el tigre, el mono y el elefante”.
Pero había pocos tigres en la nave. Las mascotas más numerosas eran los perros pequeños, muchos de ellos abrigados para protegerse del frío reinante, gatos, tortugas y algún que otro pájaro, como un agaponia perchado del hombro de su dueña. Tras la misa, se realizó una procesión por el templo, con una docena de niños llevando a andas la imagen del santo, seguidos del sacerdote que, con su hisopo, asperjó a conciencia a los animales. 
La mayoría de los perros se comportó con el debido recogimiento. Algunos ya eran veteranos, como “Bimba”, que ya es el cuarto año que asiste, según comentaba su dueña, María José. Pero para muchos otros eran la primera vez, como para “Argos”, un perrazo de menos de un año, o “Doffy”, de solo tres meses. “Nuestros hijos le pusieron el nombre por unos dibujos japoneses”, explicaron sus dueños, que se sintieron obligados a explicar el por qué de ese nombre tan poco cristiano.

A cubierto y mojándose por la gracia de Dios