• Sábado, 22 de Septiembre de 2018

¿Cómo defendería mejor sus intereses el propietario de una tienda de ultramarinos tradicional al que le abren, de pronto, un supermercado o un hiper al lado?

¿Cómo defendería mejor sus intereses el propietario de una tienda de ultramarinos tradicional al que le abren, de pronto, un supermercado o un hiper al lado? ¿Agrediendo violentamente a los empleados y a los clientes de ese establecimiento o poniéndose las pilas, así en márgenes como en especialidades y en servicio, a fin de ofrecer a la parroquia lo que el gran comercio ni sabe, ni puede, ni quiere? El gremio del taxi en las grandes ciudades cree, al parecer, en los derechos inmutables, tanto los reales como los ficticios, pero, a veces por suerte y otras por desgracia, nada hay inmutable en ésta vida, tampoco los monopolios. 
El del taxi ha venido perteneciendo a estos últimos, como el de la alimentación al por menor en manos de los colmados, las mantequerías y las tiendas de coloniales, pero sucede que han aparecido las grandes cadenas con sus abaratamientos de costes y precios, su mayor amplitud de servicio y su uso de las nuevas tecnologías, y, una de dos, o se racionaliza equitativamente desde el Gobierno el reparto del negocio, de suerte que el taxista o el tendero tradicional no pierdan su medio de vida en tanto otros trabajadores, los de los nuevos emporios, puedan disfrutar de un empleo y de un salario para el mantenimiento de sus familias, o la guerra está servida.
Pero hay quienes pretenden hacer de la guerra, desde el principio, el principal argumento, optando por presionar con violencia al Gobierno, a la Justicia, a las instituciones y a la ciudadanía, en general, para vencer la suerte del conflicto suscitado a su favor. Es cierto que esos energúmenos que hemos visto atacando con ferocidad los vehículos de la competencia, poniendo en serio riesgo la integridad física del chófer y de los pasajeros, suponen una minoría de los taxistas, una minoría exigua que no representa la condición ni el talante del conjunto, pero diríase que el sector ha resignado en ella, éstos días, la representación que decimos que no tiene, perdiendo así buena parte del crédito y de la solidaridad que merecen algunas de sus justas reivindicaciones.
¿Ponerse las pilas en los tiempos duros y defender con inteligencia y firmeza los intereses y los derechos propios sin pretender laminar los ajenos, o liarse a palos con los trabajadores y los clientes del supermercado?