Vicente Vallés

Le conocí en esos primeros meses de andadura profesional, cuando la dudosa luz de la verdad y del día son un vértigo que se debe descifrar. No sé si entonces existía la figura del becario, pero era un misacantano, que escuchaba las instrucciones de Iñaki Gabilondo con atención, en aquella cadena SER de finales de siglo.


Me llamó la atención que nunca actuaba como un autómata disciplinado, sino que inquiría, preguntaba, e incluso en su tierna y juvenil edad, polemizaba. Luego, le perdí la pista, pasaron los lustros, mis hijos me trajeron maravillosas nietas, y, un día, me lo encontré en la pantalla de televisión. Y le seguí un tiempo. Y le he visto crecer profesionalmente, y, ahora, es el mejor presentador de noticias de televisión en España.


Nunca actúa como un loro recitador de textos, sino que los enmarca, añade las circunstancias –por supuesto con intención– pero de una manera elegante. No digo que manipule, ni que ideologice, ni adoctrine, ni que mezcle burdamente noticias con su opinión, sino que emplata la noticia -ahora que la gastronomía ha popularizado el término- y la convierte en más atractiva. Y no es sectario.


Me lo ha demostrado esta semana, cuando ante el discreto silencio sobre el llamativo comentario de Alberto Núñez Feijóo, afirmando que respetaba a Puigdemont, porque siempre decía la verdad, Vallés lo expuso con exquisito cuidado, pero sin callarse, ni abogar porque fuera una ironía gallega, porque cuando hablamos de delincuentes la ironía es muy peligrosa. Yo jamás emplearía la ironía con el secuestrador en excedencia y torturador experimentado, al frente de Bildu, un tal Otegi.


Tiene un defecto del cual no es culpable: el concurso que antecede a su espacio de noticias no sabe terminar a la hora en punto. Eso me obliga a vagar por otros noticiarios, durante más de cinco minutos, lo que me ayuda a vislumbrar los sectarismo, inclinaciones, mamoneos y otros servilismos evidenciados. A veces, me pregunto si esta impuntualidad, descortés y rara en la tradición de los noticiarios, no será algo premeditado para permitir que observemos la diferencia y, tras el nerviosismo, volvamos a Vicente Vallés, para que lo valoremos todavía mejor de lo que merece. 

Vicente Vallés

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