jueves 22.08.2019

Reportaje | La gran resistencia del comercio se fragua escondida en el callejero coruñés

La crisis y el fin de las rentas antiguas hace unos años dieron al traste con muchos negocios y hay quien todavía se resiente y acaba cerrando. Sin embargo, callejeando por A Coruña uno todavía tiene la oportunidad

Reportaje | La gran resistencia del comercio se fragua escondida en el callejero coruñés

La crisis y el fin de las rentas antiguas hace unos años dieron al traste con muchos negocios y hay quien todavía se resiente y acaba cerrando. Sin embargo, callejeando por A Coruña uno todavía tiene la oportunidad de encontrarse con algunos supervivientes que tras décadas e, incluso, centenarios, siguen atendiendo a la clientela con esa cercanía y poso de sabiduría que da la experiencia. Hace escasas semanas se celebraba el 60 cumpleaños de una de las cafeterías de Bonilla a la Vista, pero no es el único negocio de hostelería que puede presumir de estar más joven que nunca en la agenda de los vecinos.
Establecimientos como La cabaña del cazador, Gasthof o Sheraton, entre otros, continúan sumando años sin perder el algo especial que hace que se mantengan en la ruta de la clientela. Uno de los más longevos es La Gran Antilla, una pastelería-café que en 2018 alcanza los 130 años.
Los actuales propietarios recuerdan en todo momento la importante labor que realizó la familia que lo puso en marcha. Cuando iba a volver a cambiar de manos, hace pocos años, se hicieron cargo porque era “un reto” tanto empresarial como arquitectónico mantener en pie un local con tanta solera y “con gran potencial” del tipo de los que están de moda en medio mundo.

De dulce en dulce
La conjunción de lo antiguo y lo moderno funcionó bien a tenor de lo que se ve por las redes sociales, porque incluso las blogueras tiran de la fachada para lucir sus mejores galas delante. Aunque los dueños no habían trabajado antes como hosteleros, confiaron en la responsable última, Ariadna Peña, que estudió en el Centro Superior de Hostelería curiosamente la rama de gestión de hoteles. Pero al final la sangre tira y regresó a los quehaceres que su tatarabuelo tenía en la desaparecida confitería El Progreso.
En La Gran Antilla, en cuyo obrador se atreve a entrar a veces, ve pasar a decenas de coruñeses y turistas, en especial cruceristas. Tanto que notan que los barcos de pasaje “son una fuente de riqueza importantísima para el centro; es una de las mejores cosas que ha pasado en la ciudad”. También ve salir muchos dulces de preparación tradicional, algunos de los cuales surgen de anotaciones de recetas bien añejas.
Un negocio muy familiar
Otro de los clásicos del entorno es la Farmacia Villar, que se fundó en 1827 y acogió a las fuerzas vivas de la ciudad en su trastienda durante mucho tiempo. Mientras la sombrerería Dandy, la camisería Gala o El Pote echaban el cierre, Ricardo Villar y su hermano seguían al frente de la botica y la droguería del mismo nombre en los Olmos. Son la sexta generación que se hace cargo de este proyecto, por lo que pueden mostrarse orgullosos de llevar uno de los pocos negocios antiguos que sigue siendo de quien lo fundó.
Del pasado la farmacia ha traído hasta el presente “un laboratorio en el que seguimos haciendo fórmulas magistrales”. “Algunas cosas no se fabrican industrialmente porque no compensa a los laboratorios pero se siguen preparando aquí para los clientes”, aclara Villar, que muestra algunos de los tesoros que guarda en la calle Real. Esta familia oriunda de Betanzos lo mismo conservó una báscula que las estanterías de madera, hoy vacías.
De las anécdotas que le han contado recuerda, entre cuadros de sus antepasados, que la empresa casi fue a la ruina a mediados de 1800 “porque hubo una epidemia y se colaboró desinteresadamente con las autoridades sanitarias”. Hasta se acuerda de cuando hubo que separar farmacia y droguería.
Patentar nuevos preparados
No muy lejos de allí, Carmen Pico también vende preparados para el cuerpo, pero a su manera. “Queremos dar talleres gratuitos para explicar las propiedades de las especias y su uso: por ejemplo, el azafrán en rama en infusión es antidepresivo”, comenta la actual propietaria de Azafranes Bernardino.
La propuesta comercial no es nueva –basta con dejarse guiar por el olfato para dar con este despacho de la Galera– pero Pico quiere ir más allá de lo que se ofrecía hasta ahora. Junto con su equipo trabaja en nuevas fórmulas para patentar, sin dejar de lado las mezclas para dar sabor al “cordero, al pollo, al churrasco o a los callos” que crean a base de “azafrán nacional” y otros ingredientes. El Bernardino de 1800 nunca pasa de moda y así lo demuestran “muchos cocinillas” a estrenar en los fogones que se plantan últimamente frente al mostrador.

Un buen relevo
En la mercería Cándida, una tienda que peina menos canas, bueno es haber permanecido abiertos al público desde 1939. En 2014 Menchu Murillo cogió el traspaso de sus jefes y volvió a darle un enfoque familiar junto a su hijo. Puede que los ingresos no sean los de antaño pero, como los demás, van “sobreviviendo” porque para una mercería “en A Coruña falta competencia y tiene que venir gente de otras zonas o, incluso, de fuera” del ayuntamiento.
Como pasa en los otros locales, Murillo escucha feliz anécdotas de grandes y mayores y de aquellos mayores que un día fueron con sus abuelos a comprar unos botones, una cinta o una cremallera. Porque ellos son memoria viva e historia de la ciudad.

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