El fin de la mascarilla recupera la sonrisa, pero todavía no se deja notar en un mayor consumo

Un cliente, a la salida de una tienda de proximidad en la zona de San Agustín | PATRICIA G. FRAGa

El próximo jueves se cumplirán cincuenta días desde que el Boletín Oficial del Estado anunció el fin definitivo de la mascarilla en exteriores. Fue el 20 de abril del 2022 pero, al contrario de lo que rezaba la canción de Celtas Cortos, las cosas todavía no “han cambiado” tan rápido como era de esperar. Al menos así lo afirman las diferentes asociaciones de comerciantes de A Coruña, que si bien sí aprecian un abandono paulatino de las mascarillas, todavía no ven una relación directa entre las ganas que había por volver a sonreír y el hecho de recuperar totalmente la normalidad prepandémica.

Y es que, según reconocen muchos propietarios de establecimientos, la vacuna y los avances médicos han funcionado más rápido que las medidas que afectan directamente al bolsillo y al poder adquisitivo. Es decir, sí que la mayoría de los clientes empiezan a verse las caras con los responsables de los establecimientos, con su frutero, barbero o carnicero de toda la vida, pero cuando tienen que abrir la cartera esta sufre mucho más. En ese sentido es el comercio de barrio el que parece mostrarse más satisfecho y beneficiado de la voluntad de los clientes por recuperar esa cercanía.

Curiosamente, en los locales de hostelería o en algunos comercios, se cuentan ya más mascarillas entre los trabajadores que entre los propios clientes. Según Adolfo López, presidente de la Asociación de Comerciantes de la Ciudad Vieja, la hostelería es más cauta en ese sentido. “Depende del movimiento que tenga el local, aunque el hecho de llevarla o no suele ser consensuado entre trabajador y propietario”, dice.


Guerra, inflación y verano


Si bien las asociaciones de comerciantes están de acuerdo en el hecho de que el cliente cada vez se siente más seguro sin mascarilla dentro de los locales, y que incluso el tiempo de permanencia en los mismos es mayor, lo cierto es que las circunstancias de cada uno son en la mayoría de casos más duras que en la etapa prepandemia.

El inicio de la guerra en Ucrania dio inicio a otra crisis mundial apenas dos meses antes del final de las mascarillas, y sus efectos en forma de inflación no dan tregua a unos bolsillos que siguen pagando cada vez más dinero en la factura de la luz, en echar combustible a sus coches y en una lista de la compra más prohibitiva que nunca.

En el horizonte de muchos comerciantes está un verano para el que los demandan un plan turístico de forma urgente. Es decir, los barrios recuperan las relaciones humanas, la voluntad de consumir y la conexión entre clientes y vendedores, pero temen al éxodo del verano –hacia el centro y fuera de la ciudad– así como a la pérdida de poder adquisitivo. 

El fin de la mascarilla recupera la sonrisa, pero todavía no se deja notar en un mayor consumo

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