No, no habrá elecciones en 2022

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Un tema frecuente de conversación en los cenáculos y mentideros madrileños es el debate sobre las hipótesis que afirman que las elecciones generales puedan anticiparse a 2022. ¿Puede Sánchez prolongar su mandato dos años más, una vez que tiene en el bolsillos los Presupuestos? Puede, y las apuestas dicen que este 2022 que se nos echa encima no conocerá otras elecciones. A menos que... La coyuntura política, económica y social de un país depende de muchos factores, la mayor parte ajenos a la voluntad y a la potestad del gobernante. Por ejemplo, la nueva variante del Covid, llegada de Sudáfrica --vamos a pagar caro el egoísmo de no haber democratizado geográficamente las vacunas--, está produciendo una sensación creciente de que la recuperación económica puede retrasarse algo, o bastante: las bolsas se han hundido en los últimos días y un cierto aire de desamparo planea sobre los mercados.


Si esa perspectiva de estancamiento, con todo lo que significa, se extiende, prolongar muchos meses la Legislatura puede ser peligroso para las aspiraciones de ser reelegido que animan al habitante de La Moncloa: a Sánchez le gusta el poder, y él lo disfruta más que nadie; por eso quiere prolongarlo lo más que pueda, otros cuatro años más, por ejemplo. Una etapa de penurias y, por tanto, de descontento social, no es el caldo de cultivo más apropiado para ganar elecciones y los estrategas monclovitas miden minuciosamente la temperatura del ánimo de los españoles, que actualmente, dicen, no es del todo mala, pero con tendencia a empeorar. Luego está lo de Yolanda Díaz. Sobre ella se preparan ya incluso algunos libros, pese a lo corto de su trayectoria pública. La ministra de Trabajo, que cada vez ejerce más como vicepresidenta alternativa, va lenta, pero dicen que segura, hacia su meta de completar una plataforma que acoja a los descontentos de la izquierda, pero que no tenga un sello comunista y pueda ampliarse a esos sectores a los que les gusta probar lo nuevo. Los amantes de la prospectiva que anidan en los gabinetes sociológicos, para lo que valga, creen que Díaz y su cartel electoral (mayoritariamente femenino hoy por hoy) podrían llevarse hasta un 25 por ciento del voto tradicional del PSOE. Una hipótesis en la que en el PSOE no creen, o no quieren creer, aunque las fuentes en este partido son más bien líquidas y gaseosas que sólidas, así que vaya usted a saber. Y, por fin, Andalucía. Es el granero de votos y escaños. Quien no gana en Andalucía, no gana en España. Y ahora, en Andalucía, gana Moreno Bonilla, del PP, un casi desconocido hace cinco años que se va imponiendo. El cree que, incluso sin Vox, puede revalidar victoria, aunque aún no sepamos en qué mes del año que entra. Y se ríe de los ‘caldos de cerebro’ de algún ex mago arrojado a las tinieblas exteriores, que dice que lo mejor que puede hacer Sánchez es hacer coincidir las elecciones andaluzas con las legislativas: “de algo tienen que vivir estos gurus”, dicen en círculos próximos al presidente andaluz. Y, por cierto, que no, que él no va a cruzar el Guadalquivir para ensayar ninguna aventura nacional, descuiden.


O sea, que, ahora que estamos cerca de concluir un año que ha sido agónico, uno más, las perspectivas son de un 2022 de ‘una cierta’ recuperación y de tranquilidad en el frente electoral. Sánchez, para gobernar esta etapa que viene, que es la de la llegada de los fondos europeos, necesita pocos sobresaltos y creo que es sincero cuando sitúa los comicios en la lejanía: que voten los vecinos franceses y portugueses, que eso ya animará lo suficiente a los demiurgos de las encuestas y de las columnas periodísticas. Aquí, por el momento, de elecciones nada. A menos que...

No, no habrá elecciones en 2022