Por qué no nos creemos casi nada

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¿Por qué los españoles, dicen las encuestas, no nos creemos casi nada de lo que nos cuentan desde las esferas oficiales, que tanto desprestigio acumulan entre la ciudadanía? Voy a ensayar alguna explicación a mi propia pregunta. Asistí a la presentación de un libro, ‘el jefe de los espías’, que recoge los ‘papeles secretos’ de quien durante catorce años fue el jefe del CESID. Todo un pedazo de historia, ordenada por dos compañeros, buenos profesionales, Juan Fernández Miranda y Javier Chicote. A quien no se les ocurrió otra idea que invitar a presentar su obra a dos periodistas que coparon tanto protagonismo en la Transición como Juan Luis Cebrián y Pedro J.Ramírez, con Luis María Anson ‘de mediador’.


Y digo ‘mediador’ porque lo que el ex director de El Mundo y lo que le replicó el ex director de El País fueron versiones opuestas del pasado: el primero calificó casi como delincuentes al ‘felipismo’ y a no pocos protagonistas de la época, mientras que Cebrián, mucho más comprensivo con algunos excesos e irregularidades, lo justificó todo diciendo que, en el fondo, fue una era positiva y que todos los Estados del mundo tienen sus cloacas. Cada uno contó la fiesta como le fue en ella, sin duda. En España, ni siquiera los testigos de la Historia que se iba desarrollando se ponen de acuerdo, de manera que un marciano que hubiese aterrizado en aquella presentación hubiese dado en creer que los españoles hemos vivido dos experiencias paralelas, poco que ver entre ellas. Anson, un sabio equidistante, advirtió que los acontecimientos tienen dos caras, una buena y otra mala. Una diferencia que en España se convierte en radical hostilidad en las versiones. Las dos Españas se encarnizan más en la Historia que en ninguna de las otras cosas en las que cotidianamente amamos dividirnos, según la maldición bismarckiana, que advertía que somos el pueblo más fuerte del mundo, porque llevamos siglos intentando destruirnos sin haberlo conseguido nunca. Me dio en pensar en las razones por las que los habitantes de este país nuestro somos, junto con los griegos, los más descontentos con nuestra política, con nuestro sistema y, claro, por tanto con nuestros políticos, de acuerdo con una macroencuesta realizada por el instituto norteamericano Pew Research en numerosos países de todo el mundo.


Claro, ese mismo día, en el que nuestra Historia adquiría perfiles de Jano, el de las dos caras, el Gobierno afirmaba y negaba que lo de la reforma laboral sea una verdadera ‘derogación’; el PSOE y Podemos, en virtud de un acuerdo nada transparente, votaban a cuatro magistrados del Tribunal Constitucional obviamente no demasiado idóneos para el cargo; el ministro de la Seguridad Social nos anunciaba, de golpe, una próxima subida de las cotizaciones, para mantener un sistema que dijeron que no corría peligro. O nos anunciaban nuevas subidas de esa luz cuyo precio nos dijeron que no subía. O el principal partido de la oposición se enfangaba en una absurda querella intestina por un quítame allá ese congreso del partido en Madrid, foco sempiterno de toda tormenta en vaso de agua. Y, ya que estamos, cuando era la víspera del debate parlamentario sobre unos Presupuestos que todos saben imposibles.


Si, encima de lo líquido que nos resulta el presente, la Historia se nos echa encima como arma arrojadiza, esta vez a cuenta del superespía Manglano y de sus jefes, estamos liquidados. Porque comprobamos que en el presente se sigue gobernando como en el pasado: trabajando para que, de nuevo, Bismarck tenga razón. Somos los más fuertes del mundo porque no acabamos de matarnos unos a otros, por más que lo intentamos.

Por qué no nos creemos casi nada