El campo olvidado

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Nuestro campo está olvidado y dejado de la mano de la administración, nuestros campesinos, hortelanos, agricultores, ganaderos y cosecheros, entre otras actividades, venden su producción a los centros de distribución en muchos casos, a precios por debajo del costo de su explotación, lo que les lleva a la ruina premeditada de sus negocios, la mayoría de ellos con grandes inversiones realizadas en los últimos años para mejorar su rendimiento, pero ahora se encuentran que sus márgenes han decrecido de forma alarmante y muchos se cuestionan si será factible seguir adelante sin endeudarse más de lo que están.


Los centros de distribución marcan el precio de recogida y el productor lo vende al precio señalado o se queda con la cosecha sin vender, los precios de las materias primas han subido en origen mucho más de lo que se pensaba y esto agrava el problema de estos productores, además tampoco cuentan con un sistema de cooperativas que se encargue de la distribución de la producción a un precio garantizado mínimo de rentabilidad del negocio, con lo que es un añadido más a la precaria situación por la que atraviesan.


Mientras que el consumidor paga precios astronómicos por los productos que adquiere en aquellos centros de distribución, como son supermercados y demás cadenas de índole nacional, con un ajuste de compra muy limitado y obteniendo los mejores beneficios para el grupo en cuestión, causando a los pequeños productores pérdidas en sus cosechas finales y esto no hay forma de revertirlo, salvo que la administración se involucre en hacer cambios sustanciales en todo el entramado, algo difícil de que suceda, que se interpretaría como una obstrucción al libre mercado.


De modo que la única salida práctica al tema que nos ocupa, sería que los productores, tuviesen la facilidad de vender sus cosechas en los mercados centrales de cada pueblo o ciudad, a todo aquel que desease comprar una partida de las cosechas ofrecidas, única y exclusiva para los productores que tanto empeño ponen en su trabajo y se vean recompensados, al menos, con un mínimo de beneficio en su esforzado trabajo.


Es cuestión de establecer mercados semanales mayoristas, para dar salida al mercado del producto que cada cual explote en su negocio del campo y de este modo se vea recompensado en su labor, no puede ser que siempre sea la parte menos favorecida frente al coloso de la distribución, que por su tamaño, impone sus reglas y tienen que ser aceptadas o se cierran las puertas para el labriego que intenta colocar sus cosechas a lo largo del año, para sobrevivir de su trabajo.


El beneficio tiene que caer de ambas partes, el labriego tiene que ver recompensado su esfuerzo con un bien económico y no ser siempre el que soporte las pérdidas y la distribución puede mejorar los precios de compra sin que ello le cause quebranto alguno. Por tanto la solución está en manos de estas últimas empresas y también en los labriegos si optan por vender sus cosechas en los mercados centrales de cada pueblo o ciudad.

El campo olvidado