Diez años sin amos

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Hace diez años ETA se cansó de trabajar el terror y explotar el horror como subcontrata del victimismo nacionalista. De tener que apretarnos el corazón escondidos bajo las capuchas, de fingirse víctimas: no era su naturaleza. Ser verdugos y tener que aparentar ser víctimas es un esfuerzo que solo lo consienten las sociedades que viven subyugadas y que, incapaces de rebelarse, encuentran en esa causa la excusa perfecta para sustraerse a la obligación moral y el mandato ético de tener que combatirlos. Sí, solo esas «buenas» y «honradas» gentes encontraron cómodo argumentar sobre sus razones de verdugos y denunciar sus cuitas de verdugos como si fuesen las de las víctimas, pero a ellos, se le antojan repugnantes. Ellos eran amos –así se sentían, se consentían y oficiaban– y para un amo, resulta penoso tener que hacerse pasar por víctima, clamar ante la autoridad por sus derechos, cuando tenían por derecho y autoridad su voluntad, tratar de explicarse en aquello que nacía de ella y que nos exigían ser en ella sin necesidad de que nos fuese explicado.


Fueron ellos y no esta sociedad la que se agotó en esa disociación, y lo hizo porque eran la enfermedad, sí, pero no los enfermos, porque eran el problema determinado, sí, pero no el indeterminado que nosotros pretendíamos.


Fue nuestra civilizada idolatría a su forzada condición de víctimas, desdeñando a las víctimas y a su condición de verdugos, quien los llenó de hastío.

Diez años sin amos