El temple del palmero

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Puede que, como todo el mundo, los naturales de La Palma lleven un volcán dentro, pero en relación al de fuera, al que desde hace un mes devora sus casas, pulveriza sus cultivos y envenena el aire que respiran, están dando una lección de temple y de serenidad que a los “godos”, a los peninsulares, nos beneficiaría mucho aprender.


El interior de la casa, del hogar, es el interior de uno, y admira tanto como pasma ver cómo en su súbita desaparición total bajo toneladas de piedra candente, los palmeros se arreglan para rescatar, si no cuantos utensilios y objetos contiene, aquello que les permite conservar sus almas casi indemnes en medio de semejante catástrofe: su temple. Se trata, seguramente, de una actitud filosófica que nace de algo mucho más profundo de lo que el tópico sobre el carácter isleño quiere ver.


En la Península se grita, se amenaza, se sobreactúa, se blasfema, se increpa, se maldice, se echan los pies por delante por cualquier cosa. Me gustaría vernos perdiendo de golpe, de un golpe brutal, la casa, el camino que nos conduce a ella, el trabajo, el pan, los recuerdos de una vida, la tienda, el colegio, la iglesia, hasta el paisaje. Tendríamos que rebuscar en nuestras profundidades, donde se halla sepultado, ese temple que se necesita para afrontar las peores añagazas de la vida, pero también para la vida ordinaria y de relación.


El carácter de las mujeres y de los hombres de La Palma, como el de los canarios en general, es flexible, dulce, calmoso, comedido, prudente, afectivo, pacífico, tolerante, alegre y sereno, también algo ingenuo y melancólico, y por ser así supieron transformar el paisaje tan abrupto, salvaje y violento de su isla en el bello y manso paraíso de flores, plátanos y palmeras que el volcán va destruyendo espantosamente pero sin maldad, pues no es humano. Gente así renacerá porque no ha muerto, porque no ha dejado su interior en el interior de su casa destruida, pese a haber dejado en ella tantas y tantas cosas.


Por nada, por cualquier futesa, los peninsulares nos ponemos al borde de la congestión. Algo no terminó de cuajar en nuestro sistema nervioso, cada vez, por cierto, más alterado. Y ahí están esos compatriotas lejanos que lo han perdido todo menos su temple, justo lo que les va a salvar ahora y siempre.

El temple del palmero