El dilema de Pablo Casado

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La consolidación de Pablo Casado en su papel de aspirante creíble a la Moncloa pasa por el aplastamiento de Ciudadanos. A esa tarea se vienen dedicando los “niñatos de Génova” (regalito verbal de Esperanza Aguirre al secretario general del Partido Popular, García Egea). Incluye el cortejo a significados dirigentes del partido naranja, rematados en algunos casos como el de Toni Cantó, o el de Juan Carlos Girauta, presente en la reciente convención del partido de la gaviota.


El cortejo ha sido fallido. O, al menos, ha quedado incompleto, pues otros dirigentes de Cs resisten en la esperanza de que la moderación, el tercerismo y la vocación centralista de Ciudadanos acaben frenando la peligrosa deriva del Partido Popular hacia la derecha extrema representada por Vox.


Inés Arrimadas, Edmundo Bal y Begoña Villacis forman ese debilitado baluarte liberal que resiste el asedio permanente del PP.


“Desde las elecciones del 4 de mayo, nos quieren machacar”, se dice puertas adentro de Cs después de que la vicealcaldesa, Villacis, hiciera pública su propuesta de celebración de los Juegos Olímpicos de 2036 en la capital de España.


No se entiende la deriva del PP hacia su derecha cuando se asume que el salto de Casado a la Moncloa cursaría con la garantía de que los de Abascal jamás serían socios del PSOE. Y tampoco se entiende que el Partido Popular descuide su flanco centrista convencido de que, si borra del mapa a Ciudadanos, ese capital electoral le caerá del cielo en virtud de no sé qué cálculo ideológico. Es justamente lo que no está claro.


Por eso me parece arriesgadísimo que, en la reciente convención del PP, entre otras formulaciones catastrofistas, Pablo Casado presentase una airada enmienda a la totalidad de todas las decisiones del Gobierno de Pedro Sánchez, incluidas a las que afectan a asuntos perfectamente digeridos por la sociedad española, como la eutanasia, el aborto, la defensa de la escuela pública o la desinflamación del conflicto catalán sin renegar del orden constitucional vigente.


A Casado le sobró un punto de agresividad. Sus posiciones desprenden un inconfundible tufo a Vox. Innecesario, a mi juicio.


Por dos razones. Primera, porque traslada una sensación de fragilidad ideológica después de haberse desmarcado del partido de Abascal en sede parlamentaria.


Y segunda, porque ese votante raramente podrá migrar hacia la izquierda. Algo que sí puede ocurrir con el ahora desalentado votante de Ciudadanos, que no comparte los excesos retóricos de Pablo Casado. No es razonable presentar al Gobierno de Sánchez como paradigma de todos los males sin mezcla de bien alguno.

El dilema de Pablo Casado