Lo que la verdad importa

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En los tiempos de la transparencia extrema, del acceso a la información (o desinformación) en múltiples soportes, cuando los medios, los políticos y los gobernantes en particular se dan golpes de pecho en defensa de “la verdad”, en estos tiempos decía, nunca antes habíamos estado tan lejos de lo cierto como ahora. Vivimos en la duda permanente, en la incertidumbre cansina, en la gran manipulación que nos desorienta hasta la confusión, las tinieblas, incluso el miedo. En esto estamos porque, en realidad, la verdad está sobrevalorada y cada uno quiere oír su verdad. Y cuando esa verdad le resulta incómoda al poder se inventa un relato y machaconamente nos lo mete por ojos y oídos a través de sus portavoces, medios afines (públicos o serviles) y grupos fácticos de siervos subvencionados que reproducen el argumentario oficial sin escrúpulos de ningún tipo.


Empecemos; si hay que lavar el pasado de Bildu porque apoya al presidente Sánchez pues se lava y se nos presenta como hombre de paz a quien hasta hace dos días era solo un terrorista condenado. Si hay que demonizar a un partido o una ideología pues adelante, se utiliza un falso testimonio de un sinvergüenza irresponsable y se montan manifestaciones que no se suspenden ni cuando se desmonta la mentira haciendo bueno a Maquiavelo en su aserto “el fin justifica los medios”.


Así se construye una verdad falsa pero útil para los intereses del poder. Aún hoy muchos mantienen que el salvaje asesinato de Samuel fue un crimen homófobo mientras fuentes próximas a la investigación policial me confirman que aquel repugnante crimen nada tuvo que ver con la condición sexual del pobre Samuel. No importa, la bandera LGTBI la enarbola la izquierda como señalando un territorio que pretender poseer, como si no hubiera homosexuales de derechas, de centro o de izquierdas o, sencillamente, apolíticos.


El problema es que se utiliza políticamente y como arma arrojadiza a este grupo de personas que solo aspiran a vivir en paz y exigen respeto a su condición. Incluso un ministro del interior utiliza su cargo para desinformar y confundir realizando así lo que yo entiendo como un auténtico delito de odio que jamás será juzgado. No puede acusar de generar odio aquel que se dedica a profundizar en el odio, es como querer apagar fuegos con gasolina, una especie de bombero pirómano que es en lo que se ha convertido el ministro Marlaska. ¿Alguien sabe lo que pasó con las maletas venezolanas del ex ministro Ábalos en el aeropuerto de Barajas? ¿Tuvo algo que ver en su cese fulminante?¿Saben las personas que se ponen camisetas del Che para defender a los gais lo que ese mercenario hacía con los homosexuales?¿Qué pasó con las supuestas balas que recibieron algunos políticos en plena campaña electoral madrileña?¿Como está el asunto de los Eres de Andalucía?¿Como es posible que políticos que llegaron sin nada a la cosa pública se puedan comprar mansiones a los pocos meses de entrar en sus cargos?¿Por qué nadie se acuerda ,al hablar de memoria histórica, de los más de 4.000 asesinados en Paracuellos que estaban bajo la custodia de la República y que fueron ametrallados antes de que se iniciara la guerra civil?


Hay muchas preguntas que nos hacemos que no tienen respuesta, solo hay relatos que dibujan una verdad sectaria que no respeta nada ni a nadie. La verdad es, hoy por hoy, solo un concepto vacío que depende, básicamente, del color del cristal con que se mire. Una desgracia.

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