Credibilidad y sobreactuación

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Lo peor que le puede pasar a un político en el ejercicio de su cargo es perder la credibilidad. Este percance ocurre cuando los cambios de criterio sobre iniciativas, legislación o proyectos, cambian a gran velocidad. En resumen: cuando se dice una cosa y la contraria, subestimando la inteligencia y la confianza de la ciudadanía. Y, eso exactamente, es lo que le ha ocurrido al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.


Sus apelaciones a la concordia, el entendimiento, la magnanimidad y a buscar el reencuentro entre Cataluña y el resto del Estado carecen de la convicción suficiente para eliminar el recelo y la desconfianza que provocan. Y es lamentable porque nadie duda de la necesidad de recuperar las relaciones con la sociedad catalana, sus representantes democráticamente elegidos y, sobre todo, con ese sector que, oponiéndose siempre a la ruptura, ha podido verse “abandonado” por el Ejecutivo.


La cuestión es que la pérdida de la credibilidad es irresoluble. Y solo el dato fehaciente de que Cataluña vuelva por la senda constitucional convencerá a la mayoría escéptica de que la concesión de los indultos y la mesa de diálogo fueron acciones positivas. Los electores necesitan hechos, porque las palabras carecen de rigor. Como consecuencia, Pedro Sánchez se enfrenta solo, completamente solo, al precio a pagar si las cosas no salen como la propaganda del Gobierno está vendiendo. Así, si los independentistas, con Oriol Junqueras a la cabeza, no se vieran satisfechos con los resultados de la mesa de diálogo y volvieran a las andadas, lo peor no sería su reingreso en prisión, sino que Sánchez perdería cualquier opción de seguir en Moncloa, que es su mayor ambición.


Pablo Casado le pisa los talones, como lo muestran las encuestas, incluso la del CIS de Tezanos. Y no es solo por el batacazo electoral de Madrid, donde el error de la lista electoral y la pésima campaña si que tuvieron mucho que ver. Es por la necesidad de apoyarse en ERC para acabar la legislatura; algo que la gente relaciona con la magnanimidad hacia los condenados por el Proces.


Pero también hay una estrategia muy desafortunada en política: la de la sobreactuación y el aspaviento. Y en esa está incurriendo el líder de la oposición, Pablo Casado. No hace falta enfrentarse con Garamendi, de la CEOE, que en último término defiende los intereses de las empresas de su organización para vender en Cataluña . Las mesas petitorias, de tan infausto recuerdo, no han dado al PP el resultado que esperaban. El acto de la Plaza de Colón fue mucho menos concurrido que en anteriores citas y a los puntos ganó Abascal y los suyos, unidos a Isabel Diaz Ayuso, vitoreada por su público mientras Pablo Casado se quedaba “rezagado” en la calle de Génova para evitar la foto. Por todo ello, de nada sirven las intervenciones melodramáticas de la sesión de control de este miércoles en la que ha advertido a Sánchez: “está vd muerto electoralmente”, “ha traicionado su juramento de defender la unidad nacional” y le ha pedido que dimita y convoque elecciones. Demasiada pólvora para tan corta guerra.


A la misma hora y a las puertas de la cárcel de Lledoners, los condenados se fotografiaban, ya en libertad, con una pancarta que decía: “Freedom for Catalonia”. Mal augurio. Para resolver esta grave crisis de Estado van a hacer falta políticos con mayor altura, creíbles, y sin griteríos.

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