El Sáhara, al fondo

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La real politik desplaza a la épica en las relaciones internacionales. Si hablamos del Sahara Occidental, la antigua colonia española, no solo desplaza a la épica de ese sufrido pueblo saharaui que se consume en las arenas de Tinduf. Una vez asumido que los sueños sueños son (también vale para la pesadilla del independentismo catalán), la real politik debería arrinconar de una vez por todas las estériles apelaciones ceñidas al mandato descolonizador para un territorio reclamado por Marruecos.


Sostengo que la descomprometida apelación a la “solución negociada en el marco de la ONU”, en la que España se refugia una y otra vez para curar su mala conciencia histórica respecto al conflicto, no resuelve nada, no modifica nada, no cambia nada, no sirve de nada. Como dicen en mi querida tierra vidrialesa, eso no es ni arre ni so. Pero siguen pasando los años y, aún sin el reconocimiento de la comunidad internacional, el territorio es de hecho cada vez más marroquí y el mandato descolonizador ya cursa como papel mojado.


Todo esto late detrás del culebrón Ghali, la pasividad de Marruecos en la frontera de Ceuta, la crisis diplomática hispano-marroquí y la guerra de comunicados entre dos países obligados a entenderse. El vecino lo ha dejado claro: volveremos a ser amigos cuando España aclare su posición respecto al Sahara.

Algunos entendemos que Moncloa no puede mirar hacia otro lado ante un emplazamiento tan directo. No porque esté obligado a alinearse con Marruecos sino por sacar del limbo internacional un problema histórico que nos afecta. Y Pedro Sánchez no debería retrasar o eludir su respuesta solo porque le parezca “inaceptable” que Marruecos utilice la presión migratoria como herramienta de su política exterior.


Por supuesto que es inaceptable utilizar como herramienta política a los miles de jóvenes que escapan para buscarse la vida huyendo de la indigencia y la falta de horizonte laboral. Nada nuevo. Es lo que marca la diferencia de sistemas a uno y otro lado de la frontera. Pero el asunto de fondo no se va a resolver si España y el resto de Europa se quedan en la mera contemplación ética de la diferencia.


España y la comunidad internacional, a la luz del mandato descolonizador sobre el Sahara Occidental, no pueden seguir silbando melodías y dejando pasar el tiempo sin hacer nada. Lo que sea. Buscar la forma de obligar a Marruecos a respetar el derecho de los saharauis a autodeterminarse, que es la tarea malograda casi medio siglo después de la “marcha verde”. O apoyar la marrroquinidad del territorio con una forma similar a una comunidad autónoma en España. Lo primero entra en el terreno de la épica. Lo segundo sería real politik.

El Sáhara, al fondo