Una medida que todavía está sin explicar del todo

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Los presupuestos generales de un país tienen mucho de mágicos. Cuando se presentan, dependiendo del color de quien los analiza, o son un auténtico desastre o son dignos de entrar en consideración de una de las siete maravillas del planeta. Luego hay que tener en cuenta que lo que allí se recoge no tiene por qué cumplirse. De hecho, miles de partidas quedan en un cajón a la espera de tiempos mejores sin entender muy bien la razón de ese ostracismo. Ahora, por ejemplo, como si del milagro de la multiplicación de los panes y los peces se tratara, el Gobierno ha sacado adelante el ingreso mínimo vital. Entre 460 y 1.000 euros para 850.000 hogares. Y lo ha hecho sin explicar todavía de dónde va a salir esa ingente cantidad de dinero. Es evidente que en este país hay mucha gente que lo está pasando muy mal y no es cuestión de negar la necesidad de un mecanimo como este. Lo que pasa es que la manta mide lo que mide y si nos tapamos la cabeza siempre dejaremos los pies al aire, nos pongamos como nos pongamos. FOTO: pablo Iglesias, como maquinando algo | efe

Una medida que todavía está sin explicar del todo