El castigo por pedir sentido común

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Cuando no dejan de repetirnos que nuestra seguridad depende que seamos responsables acabamos por convertirnos en vigilantes. El peligro es que, por lo general, al que no lo está haciendo bien no le gusta que se lo recuerden –suelen hablar de libertad, aunque lo suyo sea egoísmo– y suele responder con agresividad. A veces, no solo verbal. Un hombre de 76 años y con una afección pulmonar crónica acabó con la cadera rota tras recriminarle a un chaval de 16 que caminase por la calle sin mascarilla. Mal nos irá si estamos en manos de descerebrados y violentos. FOTO: ciudadanos haciéndolo bien | efe

El castigo por pedir sentido común