El cantar del tirano

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Los tiranos deberían tener los días contados, pero solo los tienen narrados, quiero decir, mal referidos y peor cantados por nuestras ansias por liberar a los pueblos oprimidos a través del pérfido lenguaje de los signos democráticos de que hace gala occidente. Postureo, solo eso, un ganarse magníficos en las conciencias que a nada conduce y que en nada remedian las condiciones de los hombres y pueblos oprimidos. Es más, y duele decirlo, no hacen sino amparar este perverso sistema de crónicas injusticias que asolan a la inmensa mayoría de la humanidad.


Abrazar al que sufre es un sencillo acto de fraternidad que no debería requerir discurso, para cuanto más discusión, ni ser, por esa razón, motivo de sentirnos en nada especiales.


Alargar la agonía, eso hacemos, y lo hacemos bien, desde el cómodo desdén de nuestras vidas resueltas.


Paradójicamente, solo se apartan de ese humano quehacer los que sufren dentro de nuestras opulentas naciones; parecido desprecio al sufrido por los que vienen. Son ellos los que los rechazan, ellos los que los discuten en la voz de los populistas. Pero no lo hacen porque sean intrínsecamente malos, sino porque son quienes comparten con ellos barrios y disputan oportunidades. Los demás, la larga tropa de los acomodados, los jaleamos desde lejos, sintiéndonos así dignos y solidarios, pero no lo somos, somos lo peor, porque en nuestra falsa bondad los hacemos a todos ellos malos y bueno al tirano.

El cantar del tirano