El “gran ausente

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Nada, por mucho que he buscado su fotografía en el ‘acto social’ que fue la investidura de Aragonés como president de la Generalitat, no la he encontrado. Ni en los periódicos ‘unionistas’ ni en los ‘indepes’. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Laura Borrás, la presidenta del Parlamento, lo ha borrado, perdón por el mal juego de palabras. Y eso que fue quien ganó las elecciones y era la gran esperanza blanca de la Cataluña que no quiere separarse de España, ese al menos cincuenta por ciento de catalanes que, aunque dividido entre varias formaciones y opciones, quiere ser una autonomía avanzada, por supuesto; pero no un país diferente.


Pedro Sánchez le envió a competir en las elecciones catalanas aprovechando el tirón que había obtenido su rostro serio, circunspecto y un punto triste acaparando las cámaras de televisión desde su puesto gubernamental en la pandemia. Ahora tendrá que liderar la oposición a un Aragonès –mira que apellidarse así el molt honorable president de la Generalitat... Claro que el representante de España en Eurovisión se apellida Cantó– que tratará de negociar con el Gobierno central de Pedro Sánchez, sí. Pero que habrá de lidiar al tiempo con sus incómodos socios de Junts, en los que sigue mandando sin duda el fugado Puigdemont, y no digamos ya nada de la CUP: le van a empujar a promesas de celebrar un nuevo referéndum de autodeterminación, a manifestaciones por el indulto de los presos... Ya sabe usted, todo eso que ya conocimos en 2017. A ver en qué Mesa se negocian tales temas ‘con Madrid’, por muy ‘moderada’ que se presente la figura de Aragonès y por muchas ganas que Sánchez tenga de no tirar la toalla ni romper la baraja.


Y el otro, callado, como nerudianamente ausente. Que es como a ‘los otros’, les gusta que esté: callado, porque así está como ausente.


Me refiero, claro está a Salvador Illa, a quien pretenden consignar en la irrelevancia tanto desde Esquerra como, especialmente desde luego, desde Junts. Illa representa mucho más de lo que (no) representó en el acto de investidura. Pero ni los medios oficiales nacionales le prestan atención. Con un Gobierno central volcado en pensar en 2050 o en cómo resolver su pésima gestión en la crisis migratoria de Ceuta y Melilla, el ex ministro de Sanidad y ya digo que líder de la oposición ‘unionista’ en Cataluña estuvo solo. Y tuvo que tolerar que le hiciesen luz de gas hasta los suyos. Es urgente que resucite. Que muestre que su figura es personal y representativamente valiosa. Que intente aglutinar a toda esa Cataluña, seguramente mayoritaria aunque parezca un poco el ejército de Pancho Villa, que cree que la independencia no solo es imposible, sino, además, inconveniente.


Me parece lógico que las portadas las acaparase el abrazo de Junqueras, traje azul, salido de la cárcel para la ocasión, a Aragonès. El abrazo inmortalizado en sus lienzos por Genovés o por Canogar representaba la reconciliación de las Españas; temo que el de Junqueras al nuevo molt honorable president tenga una traducción mucho menos ecuménica. De momento, en las fotografías del importante acto en el Parlament han salido mucho más el nuevo y peculiar ‘conseller in pectore’ de Economía, el periodista Jaume Giró, o la vicepresidenta que no quiso ser Elsa Artadi, que Illa. Por salir, hasta el lejano Puigdemont ha aparecido más en las fotos, aunque fuesen de archivo, que el líder del socialismo catalán. ¿No cree usted que eso debería ser algo que preocupase a Pedro Sánchez algo más que cuánta carne habremos de comer dentro de treinta años? Porque en Cataluña no solo nos jugamos el futuro, sino el presente. Ese presente que nadie en las alturas parece tener presente. 

El “gran ausente