Noventa años después

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El noventa aniversario de la proclamación de la Segunda República, aquel ilusionante 14 de abril, nos trae a la memoria el largo y penoso camino que las aspiraciones del malogrado régimen tuvieron que recorrer antes de verlas cumplidas en el origen y el ejercicio de lo dispuesto en la no menos ilusionante Constitución de 1978, abrumadoramente respaldada por unos españoles tan sedientos de libertad como los que también abrumadoramente respaldaron la Constitución de 1931.


Aquellas aspiraciones de fondo han fructificado en forma de Monarquía Constitucional. Pero son las mismas. Y si hoy levantara la cabeza don Manuel Azaña, la emblemática figura de la Segunda República, no tendría ningún problema en reconocerse en la España pacificada, tolerante, plural, laica, descentralizada y reconocida como una de las veintitrés democracias más avanzadas del mundo.


Sin embargo, la vieja cuestión de la forma de Estado sigue motivando a un sector de la clase política con fobia a la Monarquía. Su última actuación: ausentarse del homenaje institucional a Clara Campoamor, la diputada que impulsó el voto femenino en las Cortes Constituyentes de 1931. A los representantes de Podemos y los grupos nacionalistas les importa más vetar a la reina Sofía, que presidió el acto, que sumarse al homenaje a la valiente diputada que hizo posible el voto electoral de las mujeres (se estrenaron en las elecciones de noviembre de 1933).


Con más naturalidad vieron los españoles que Felipe VI inaugurara a finales del año pasado en la Biblioteca Nacional una exposición sobre Azaña. Un acontecimiento cargado de simbolismo. Ahora que vuelven a soplar los vientos de la ira entre las dos maneras de entender a España, no es suceso menor que un rey honre la memoria de quien mejor representó y aún representa la malograda experiencia republicana (1931-1939), interrumpida por una sublevación militar.


La maliciosa campaña que aspira a desenterrar la confrontación entre seguidores de una u otra forma del Estado huele a naftalina. Y el asunto, aun contando con los deméritos del emérito, Juan Carlos de Borbón, cursa con decimales en el ranking de las preocupaciones del ciudadano.


La República del 31 reforzó la reforzó la autoestima de un país atrasado en todos los terrenos que pedía a gritos una revisión de las arcaicas estructuras políticas, militares, religiosas, agrarias, educativas, amén de las consabidas asignaturas pendientes de catalanes y vascos, que reclamaban autonomía dentro del Estado. Pero aquello duró poco más de cinco años. La ola de progreso en libertad, interrumpida por la guerra civil y la dictadura franquista, no volvería a fertilizar el castigado territorio nacional hasta la implantación del que con desprecio “el régimen del 78” quienes boicotearon este lunes a la reina Sofía. 

Noventa años después