En recuerdo de Iván Tovar

|

Este mes de abril será el aniversario de la muerte de Iván Tovar( San Francisco de Macorís, Santo Domingo, 1942), de la cual acabamos de enterarnos por Luis Gabú, que hizo importantes reportajes fotográficos sobre su obra. Es un deber de amistad dedicar este recuerdo a quien fue uno de los artistas más notables del siglo XX, y que, tras una exitosa carrera internacional, decidió residir los últimos años de su vida en Santiago de Compostela.


Mantuvo una estrecha amistad con Eugenio Granell, al que conoció en N. York. Fue la Fundación Granell la que organizó en 2914 su primera muestra retrospectiva en España y ahí se presentó , en 2017, el ALFABETO TOVAR, un evento en el que tuve el honor de ser portavoz, lo que me obligó a penetrar en el universo de su creación, que, si bien pudo tener influjo de Wifredo Lam y quizás del propio Granell, es de una singularidad indudable.


Dotado de aptitudes de poeta y artista plástico, su prodigioso imaginario fue fértil en la invención de fantásticas criaturas híbridas, proteiformes, que serían dignas del más atrevido bestiario mágico, lo que le valió ser incluido, sobre todo por la crítica francesa, dentro del movimiento surrealista; pero en realidad toda su obra encierra un profundo simbolismo sobre las energías y atracciones que rigen los mecanismos de la vida y nunca practicó el automatismo.


Él mismo confesaba en 2017, con motivo de su muestra “Geometrías de lo insondable”, en la galería compostelana Luisa Pita: “A mí me hicieron surrealista”. En realidad, su arte bebe de los arcanos e incógnitas del universo y del riquísimo repertorio de formas de la naturaleza: senos, semillas, alas, cuernos, bocas, dedos, lenguas, espinas, picos, brazos, huevos, bulbos, escamas, pétalos... que combina de un modo abierto, pero muy meditado, creando así todo un mundo inédito, en el que el reino humano se funde con el vegetal, el animal y el mineral, de manera que nos hace sentir los vasos comunicantes que existen entre ellos y la convergencia poderosa de la genesíaca totalidad. Siempre erguidas contra la profunda noche, sus figuraciones expresan las titánicas y tercas fuerzas de un Eros vital que pugna sin tregua por configurarse y existir. llevado por el ansia de fusionarse, de completarse o de trascenderse.


Tovar fue un auténtico niño prodigio: con 14 años se matricula en la Escuela Nacional de Bellas Artes años y realiza su primera muestra a los 17, en la Alianza Francesa. En 1963 se va a París con una beca y pronto será saludado como de uno de los grandes de este nuestro tiempo de “alma disonante” (según dijo Kandinsky). Sintiendo hasta el tuétano el pathos de la condición humana y de la vida entera, buscó establecer conjunciones entre todos los seres, acercar las realidades alejadas, abrir puertas hacia lo desconocido, trazar interrogantes bajo las formas de una biología inédita, que fue su modo de avecinarse al umbral del misterio, ese más allá donde comienzan todos los enigmas y donde quizá ahora pueda saber por qué escribió: ”Puedo ir más lejos que mis pasos”.

En recuerdo de Iván Tovar