Comparaciones odiosas

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Sorprende la nula repercusión del caso de los duques de Sussex (Meghan y Henry) en los corrillos políticos y mediáticos de nuestro país. Por aquello de que en todas partes cuecen habas, si nos atenemos al “annus horribilis” de la Monarquía española (2020), que comenzó con un comunicado que anunciaba la ruptura de Felipe VI con su padre.


No me refiero a la ruptura afectiva, por supuesto. La ruptura de la que hablo, hace un año por estas fechas, consistió en la renuncia a la herencia que pudiera corresponderle y la retirada de la asignación de un sueldo fijo a don juan Carlos a cargo del presupuesto de la Casa Real.


Desde entonces hasta el culebrón de las hermanas de Felipe VI, infantas Elena y Cristina, a causa de las vacunas anti-covid que les administraron durante la visita a su padre en Abu Dabi, la imagen de la Corona ha sufrido serios desperfectos por los reproches públicos a la conducta del llamado rey emérito. Sin embargo, prácticamente nadie ha caído en la tentación de hacer comparaciones odiosas o establecer paralelismos con los hipotéticos daños en la imagen de la Monarquía británica.


La reina Letizia no es Meghan Markle y Henry Windsor no tiene nada que ver con don Juan Carlos de Borbón. No son casos comparables pero unos y otros dañan igualmente la imagen de la Monarquía desde dentro. Y todos ellos han de verse en relación con la exigencia de ejemplaridad. Es decir, les es de aplicación el tutorial de comportamientos exigidos a las personas ligadas familiarmente a la Corona.


En ese sentido me quedo con una interesante reflexión del mencionado Henry (o “Harry”), el hijo de Lady Di. Dijo en su reciente y viral entrevista con la periodista americana Opfre Winfrey que tanto él como el resto de su familia están “atrapados en el sistema”. O sea, como si fueran piezas inanimadas de un mecano, “la Corona”, del que él y su esposa, Meghan, se han liberado poniendo tierra por medio. Hasta el punto de que ahora Henrry se permite sentir compasión por su padre (príncipe de Gales)y su hermano (Willy), que siguen cautivos de “la empresa”.


Así que, por decirlo todo, la exigencia de ejemplaridad, extensiva los miembros de la familia real, supone el sacrificio de la autonomía individual, la que ejercemos todos los hijos de vecino en nuestro inalienable derecho a expresarnos libremente. Algo que, hay que reconocerlo, no está permitido a los miembros de la familia real, so pena de ser acusados inmediatamente de falta de neutralidad o estar desprestigiando a la Corona.


Por otra parte, es verdad que tanto en Inglaterra como en España los diversos escándalos (Emérito, Meghan, Urdangarin, Henrry, Infantas, etc) alimentan la campaña contra la Monarquía, como una institución obsoleta, según sus adversarios de aquí y de allá. Y ese es el fondo de la cuestión. 

Comparaciones odiosas