Igualdad debida

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El acero de la mujer es su alma, íntimo ser que la habita para un fin insólito, el varón. Ellas nos hacen y educan en lo esencial; todos los precisos y preciosos elementos que nos adornan han sido puestos ahí por ellas con la fortaleza de su voluntad y su inmensa capacidad de ternura, y lo hacen cuando en su vientre nos mecemos, cuando entre sus piernas emergemos -alfa y omega de nuestra existencia- y así es y para siempre, allí donde estemos estarán ellas, infinito que se multiplica hasta lo infinito para ser de nuestra finita medida.


De las mujeres obtenemos el don de la vida, la razón de la singularidad, en ellas se forja. De ellas es de quienes tomamos la primera lección de dignidad, la última de libertad y el alegre don de la rebeldía. Cuando nos consienten, nos educan y cuando nos educan, nos regalan el don de saber hasta dónde consentir y dar consentimiento. Somos a su imagen y semejanza lo mejor de ellas y en ellas lo mejor del mundo. Porque somos su mundo y cuando otros mundos nos sacuden como al árbol el ciclón, sabemos que ellas serían capaces de cambiar esos mundos para que ese furioso viento se tornase liviana brisa.


Sé que no es ese el cuidado que demanda en este día y en sus días, sino el de vernos devolverles esos dones de los que nos hicieron depositarios para que fuésemos en ellas una dignidad sensible y amante capaz de respetarlas aun allí donde no estén presentes.


No nos exigen igualdad, se la debemos.

Igualdad debida