Diecisiete gobiernos y un solo virus

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no quiero hacer leña del árbol caído, porque es tronco y ramaje de nuestra selvática ralea social, se trata solo de asearlo para que se pueda tablear y fabricar un nuevo mobiliario social, uno en el que la talla de la solidaridad, la sobriedad, la mesura, la justicia y la dignidad sean una y todos seamos uno para ellas. Hoy, no lo somos, muy al contrario, nos comportamos como una empresa de mudanzas enloquecida amueblando y desamueblando vida y hacienda de los demás con aquellos enseres nacidos de nuestras apetencias.
Hemos llenado el ámbito de convivencia de conveniencias de la peor especie, esas que no cesan de invitarnos a odiar, las vías son variadas: pseudoideologías, teologías, razas, naciones… Los vehículos: el egoísmo, la insolidaridad, la raza, la supremacía, el rencor… Nos hemos hecho fuertes en la absoluta debilidad, eso sí, desde la absurda fortaleza de fraccionar responsabilidades administrativas que al final nadie quiere ejercer, que a la hora de hacerlo buscan depositar en las manos de aquellas instituciones a las que con tanta insistencia se las demandaban. Por esa razón y para nuestra desgracia tenemos diecisiete gobiernos que a la hora de la verdad se resumen en uno, como el virus, como la enfermedad, como la muerte social. 
Aún así, hay esperanza, la de la responsabilidad individual, a ella volvemos la vista y en ella depositamos la confianza en un mundo más sano, aun en la enfermedad.

Diecisiete gobiernos y un solo virus