Mi amigo Ángel Padín

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Un tuit de Carlos Negreira fue la forma en la que descubrí el martes pasado que Ángel Padín había fallecido. Las nuevas tecnologías, en este caso, traían malas noticias para el periodismo coruñés y, sobre todo, para los que tuvimos la suerte de conocerle y trabajar a su lado.
Las necrológicas hablaban de su carrera como periodista, que le llevó a presidir la Asociación de la Prensa y a dirigir El Ideal Gallego, su faceta de estudioso de Picasso o su condición de miembro de la Real Academia de Bellas Artes. Pero yo prefiero acordarme de él como lo conocí, sentado tras su despacho en A Maestranza.
Fueron muchas mañanas buscando noticias para El Ideal Gallego las que pasaba en aquel despacho mientras trataba de absorber al máximo la sabiduría que emanaba de aquel jefe de prensa de José Luis Meilán Gil que siempre le daba buenos consejos a aquel proyecto de periodista que era yo por entonces.
Muchos versaban sobre periodismo y otros, simplemente, acerca de la vida misma. Como cuando me recomendaba tratar de sortear a los perforantes que te pueden sorprender en cualquier esquina.
Así llamaba a esa especie de ser pesado hasta la náusea que te coge de ganchete al principio de la calle Real y te cuenta toda su vida hasta que llegas al Obelisco. Incluso los hizo protagonistas de uno de sus libros, De lucios cascos, calvatruenos y perforantes de la MN y ML ciudad de La Coruña, dedicado “a los cuerdos que ignoran que todos estamos medio locos”.
Recuerdo también la devoción que mostraba siempre que tenía ocasión por sus hijos y por su esposa, Olga Cristina Viaño, de la que siempre hablaba como una gran periodista. “Fue la segunda de nuestra promoción”, presumía. “¿Y el primero?”, preguntaba yo. “El primero fue Ansón”, respondía. Cuando ella falleció, siguió demostrando su amor y no se cansaba de pedir que el Ayuntamiento le pusiera una calle, como “primera mujer directora de un periódico en Galicia”, precisamente El Ideal Gallego, después de haber reivindicado con insistencia la que finalmente tiene María Luz Morales, otra coruñesa, que ostentó ese mismo honor, pero en un diario nacional.
Ángel Padín se fue a sus 83 años exactamente como vivió, de forma discreta y sencilla. No le gustaba presumir. Sé que, de haber podido, me hubiera comentado, como decía siempre, quitándole importancia: “Esto es un secreto, que no se enteren más de veinte personas”. No le habría servido de mucho; todos sabíamos que, por encima de todo, era un hombre bueno.

Mi amigo Ángel Padín