Las malas compañias

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Allí donde se produce un desconsuelo contra la propiedad privada o lo público de lo privado, se oye clamar a una madre: “No es él, son las malas compañías”.  Aseveración que no contradice la acusación, y es que no busca la mamá poner en duda el delito sino la voluntad de delinquir del vástago. Luego viene la justicia, universal al extremo del rencor, y se encarga de dar jaque al enjuague exculpatorio en las voces de las madres de los colegas de su hijo señalándolo como mala compañía.
En el quehacer delictivo conocido como común, las malas compañías son delincuentes, personas que cargan con la culpa y son condenadas por los cauces normales de los tribunales de justicia. En una palabra, que solo son buenos para sus respectivas madres y lo demás se sustancia con juicios, condenas y cumplimientos.
Pero cuando quienes delinquen son cargos públicos y sus madres son las que gritan, en comisarias y juzgados el conocido sonsonete, se produce una paradoja “eticodemocrática” porque entre sus compañías está el gobierno en pleno y el plenario de la oposición. Además, a sus colegas en ese quehacer se les llama partido y al ideario que los anima ideología. Son sobre el papel, las mejores compañías.
Quizá se refieran sus madres al pueblo que los acompaña sin compañía. Puede, a la postre nacen de nuestro vientre social a la culpa de nuestra insana inocencia, en la que ellos no son sino el mal ejemplo que nos justifica a todos y en todo.

Las malas compañias