Autocrítica y autoengaño

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Los dos pecados capitales en los que suelen incurrir, con frecuencia, los partidos políticos son: por defecto, la falta de autocrítica y, por exceso, el autoengaño.
Ambos vicios o defectos tienen la misma causa: la de pensar que nunca se equivocan; que están siempre en posesión de la verdad, lo que les lleva a no reconocer sus errores y a que, una vez conocidos, no los corrijan o rectifiquen, engañándose a sí mismos y persistiendo en el error.
Esa actitud de “no dar el brazo a torcer” o empecinarse en sostener, contra viento y marea, como acertadas, siempre y en todo momento, sus decisiones aunque produzcan consecuencias perjudiciales, es el mal que suele acompañar a las mayorías absolutas, cuya tiranía ha sido justamente denunciada y criticada.
En ese sentido merece especial mención, por la contundencia de sus críticas, el jurista y pensador francés Alexis de Tocqueville que en la primera mitad del siglo XIX consideraba “impía y detestable” la máxima según la cual “en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene derecho a hacerlo todo”, convirtiéndose así dicho autor en el mayor crítico a la que llamaba “tiranía de las mayorías”.
Su defensa de la libertad política le lleva a confirmar que el objetivo de la democracia es librarse de la que llama “tiranía democrática”. En este empeño coincide con Benjamin Constant que no duda en afirmar que sin una adecuada limitación del poder, no es posible la libertad. Más aún, si atribuimos a la soberanía –dice dicho autor– una extensión que no debe tener, la libertad puede perderse a pesar de ese principio o incluso en razón del mismo.
Caer en la autosuficiencia impide o dificulta a los partidos todo asomo de democracia interna y la posibilidad de llegar a pactos o acuerdos con otras formaciones políticas, lo que, cuando no hay mayoría absoluta, no sólo es necesario sino conveniente. Defender las mayorías absolutas a ultranza es participar de resabios autoritarios. La democracia consiste, esencialmente, en la facultad de pactar y llegar a acuerdos, respetando a las minorías.
De lo anterior se deduce que, los partidos políticos, tanto por la autocrítica que eluden como por el autoengaño al que recurren, participan del vicio del partidismo político  y se blindan frente a toda crítica exterior o interna.
La ausencia de democracia interna se explica por la oligarquía de la cúpula dirigente que existe en los partidos y monopoliza la designación de los cargos y puestos en las listas electorales. Esa situación degenera, normalmente, en el premio a la militancia más dócil y sumisa, incapaz de disentir o discrepar en lo más mínimo de sus jefes.
No hacer autocrítica en su debe y fomentar el autoengaño en su haber producen siempre en política el mismo saldo en su cuenta de resultados, es decir, la falta de credibilidad y confianza que genera entre los ciudadanos, seguidores y potenciales votantes.

Autocrítica y autoengaño