Adiós a Tim Behrens

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Más allá de las reglas, más allá de las técnicas, más allá de las vanidades, más allá de los grupos y las escuelas, más allá de todo, así vivió el pintor Tim Behrens, cuyo cuerpo físico acaba de dejarnos, aunque nunca nos dejará su obra, ni la impronta que su inclasificable e indómita personalidad ha dejado en la ciudad de A Coruña y en todos los que le conocimos. La variación constante, la independencia, la emoción creadora, la cordialidad y la empatía con todos los seres que le rodeaban, el desprecio del éxito, la amistad, el amor..., el fair play que es capaz de esconder las heridas causadas por el dolor, fueron su norma de vida. Y su dedicación absoluta fue el arte, al que se entregó con pasión, con toda el alma, convencido -según propia confesión- que “ la pintura es una oferta del corazón del propio pintor” y que “sería más honrado regalarla que venderla”, por eso afirmaba también que le gustaría que sus cuadros escapasen de sus manos como palomas.
¿Qué pensaría, entonces, cuando el retrato que le había hecho en 1962, su amigo y maestro Lucien Freud, fue subastado en Christie´s por 6,2 millones de euros, en 2005? Seguramente, que se trataba de un disparate. Tim era un romántico, un poeta que pintaba visceralmente, que perseguía la belleza, la invención, la honestidad, el coraje y afirmaba que el arte “ es el producto gratuitamente inútil de un cerebro herido, enfermo, que se dedica, en nombre de la Belleza, a hacer en vez de ser”. Así que probablemente, como buen inglés amante de Shakespeare, no era ajeno a la duda hamletiana, al “ er o no ser” y a través de su pintura, de su hacer, –como él dice– persiguió incansablemente, casi místicamente podría decirse, el ser genuino, la verdad. Y sabía que eso no está sujeto a venta, que cualquier precio puesto a un cuadro es algo aleatorio y que sólo el necio confunde valor y precio.
Admirable, pues, Tim Behrens que formado con figuras como Bacon o Lucien Freud, en su Londres natal, eligió (tras probar en Italia y el sur de España) nuestra ciudad para vivir más humanamente, más cordialmente y más acorde a sus ansias de autenticidad y de despojamiento; así proclamaba quijotescamente que no era miembro de la Escuela de Londres, sino de la escuela de A Coruña. Y aquí nos ha dejado o, mejor dicho, aquí se queda para siempre, asumido, con orgullo y gratitud, por el mundo de la cultura coruñesa como nuestro, inmortal. Y así lo recordaremos, tal vez pintando en el otro lado esa obra maestra con la que amenazó para cuando cumpliese los 80 años (que iba a ser en junio) y desde luego contemplando ya con ojos internos el horizonte infinito del mar, las dos orillas atlánticas que unen Inglaterra y Galicia.

Adiós a Tim Behrens