De cuentos y borracheras

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Hoy hablaré del gran río que atravesaba La Coruña. Muchos ponen en tela de juicio mi aserto y tachan de fantasioso. No dudan sobre los terrenos ganados al mar –jardines de Méndez Núñez y muelles portuarios–, la isla –castillo de San Antón incorporada a tierra firme–, el tómbolo que se unió al istmo por la calle de Juana de Vega, pero dudan la existencia de tal río que tenía gran caudal. Era navegable y abastecía de agua a muchas ciudades que salían a su encuentro.

Los druidas lo explotaban y los lugareños lo adoraban como tótem. Su anchura equivalía a la del Tajo y como en la canción portuguesa lo regaba verde versátil y rojo vinazo. Las brumas se desperazaban al amanecer y somnolientas lloraban la juventud escapada o el amor perdido en las negras golondrinas que hacían primavera; al atardecer, los pescadores andaban sus orillas tras una pieza de plata que saltaba del anzuelo restallando escamas; durante la noche, el murmullo arbóreo descubría una luna que rielaba en sus aguas profundas y oscuras buscando esa gran sinfonía gallega que todavía no ha sido escrita.

Frente a los escépticos me remito al Código Calixtino y a la Primera Crónica General de España, de Alfonso X el Sabio. Celtas de pedigrí cuidando su puerto ártabro visitado en tournée turística por las naves de Julio César, si creemos a Paulo Orosio y al trovador Balbuena, que describe el río desde la Torre de Hércules. O Avieno que en “Ora marítima” alude al río “apoyado en testimonios tomados de lejos”. Algo similar a como interpretan la Historia los cineastas de EEUU y, sin embargo, consiguen óscares a mansalva… Nuestro río, aseguran mis papeles, se evaporó por culpa del cambio climático y, conforme reza el corrido mexicano sobre la higuera seca, “ya mi chata no me quiere, / porque ando de borrachera…”.

De cuentos y borracheras