¿Políticas disuasorias?

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Nuestros perspicaces e iluminados ediles generan asombro continuo. Adam Smith, Kleinwacter y otros sesudos economistas palidecen respecto a los técnicos asentados en los escaños del palacio de María Pita. Cerebros bien engrasados para fluir ríos bienhechores hacia la comunidad coruñesa. Sagaces, agudos, inteligentes disponen las vigas maestras del mejor programa económico-financiero. Díganlo las ordenanzas fiscales, recién aprobadas con anuencia del PSOE, o las zancadillas, por el contrario, provocadas en Santiago al regidor de gorra visera. Hoy, además, en la urbe de Los Cantones pretenden arrancar beneficios al tejido empresarial herculino –vía impuestos, contribuciones especiales y tasas– subiendo las cargas a las firmas que explotan el puerto. Todos debemos satisfacer cargas fiscales, pero también conviene pensar que pudiera ser arma disuasoria en aras de crear riqueza y puestos de trabajo. No olvidemos que en España muchas veces el retroceso de la culata del fusil al disparar va más lejos que la bala. Por eso no vaya a suceder que si somos muy exigentes en las cargas, las empresas podrían decirnos adiós buscando mejores aires. Igual sucederá con grandes complejos fabriles como la refinería.
Es difícil administrar dineros ajenos. Incluso resulta complicado encontrar una solución para vender solares portuarios al objeto de sufragar los gastos originados por la construcción de Punta Langosteira. Quizás en el fondo subyazca filosofía mercantilista que entiende la empresa como objetivo de obtener ganancias. La envidia siempre impertinente preside y marca las relaciones de trabajo y producción. Tampoco debe olvidarse que el hombre necesita estímulos para progresar en sus prestaciones. La uniformidad anodina y “turulata” nos lleva a un callejón sin salida donde solo los necios, vagos y aprovechados pretenden alcanzar puesto de privilegio sin dar palo al agua; cuando, antes al contrario, únicamente el mérito y el esfuerzo deberían enarbolarse…

¿Políticas disuasorias?