De puño y letra
No hace mucho encontré unos apuntes prestados por una compañera de la facultad. Recuerdo haberlos guardado en su momento como un tesoro, no tanto por su contenido como por su presentación. Mi amiga había hecho de la tarea de transcribir las explicaciones del profesor de turno en todo un arte. Una letra limpia, elegante, más propia de un siglo en el que se utilizasen pluma y tintero en lugar de teclados. Dibujaba flechas sinuosas y espirales para destacar lo importante. Aumentaba el tamaño de los títulos manteniendo proporciones perfectas. Las líneas impecablemente rectas, la inclinación constante. Tengo la idea de haber pasado más tiempo admirando esos apuntes que leyéndolos.
El diario Bild sorprendió la semana pasada con una portada escrita a mano. Denunciaba así la agonía de la caligrafía, su condena a muerte por orden de teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas. Uno de cada tres adultos no ha escrito una sola letra con un bolígrafo en los últimos seis meses. Lo que hace es pulsar las teclas a un ritmo frenético, preparar el terreno para una nueva evolución del ser humano con pulgares e índices superdesarrollados e incapaz de recordar cómo se sujeta un lápiz.
Las listas de la compra, antes garabateadas sobre cualquier trozo de papel que se encontraba por casa se anotan ahora en el teléfono. Los alumnos cambian los folios por los portátiles. Las cartas de amor se tornan en mensajes de texto sin el mínimo rastro de personalidad. No hay trazos temblorosos que reflejen emoción o tinta acumulada en una palabra clave que repasamos una y otra vez. Puntitos en una pantalla iluminada. Es lo único que tenemos.
Aún conservo alguna caja con cartas y diarios. Me sentaba con ceremonia en el escritorio de mi habitación y creaba, despacio, letras redondas de niña que con el tiempo se alargarían víctimas de la prisa. Guardo también los ensayos de la firma que sería mi sello en el futuro. Firmar el comprobante de pago en una tienda es la única oportunidad de algunos para recordar lo que es escribir a mano. En esas ocasiones sostienen el bolígrafo con incomodidad, ajenos ya a la costumbre de dejar una muestra personal. En eso la tecnología es buena aliada. Perfecto escondite para evitar análisis grafológicos que dejen ver algo de nosotros.
Recuerda el estudio del periódico alemán que escribir a mano resulta fundamental para fomentar la coordinación y la actividad cerebral. No nos preocupa. Nuestros inventos se moverán y pensarán por nosotros.
