¿Una dislocación dramática?

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En el Rosalía, ciclo principal, Coproducciones Concha Busto estrenó “El veneno del teatro”, de Rodolfo Sirera, versión de José María Rodríguez Méndez. Un galimatías laberíntico enfrascado en París 178... Un marqués (¿Sade?) invita a un actor de moda a su palacio para que le represente la muerte de Sócrates, escrita por el propio aristócrata. Como fondo subyace un engaño interrelacionado con el último adiós. Precisa, aunque hiperbólica, dirección de Mario Gas, montada sobre una escenografía convincente, descriptivos sonido y música, y vestuario elegante hecho con distinción y buen gusto. Estos mimbres dan en cesto obsesivo y bien terminado.
Una experiencia fisiológica aplicada a la técnica del actor. Lo dice un protagonista y suscribe el programa de mano. Yo creo en la dislocación dramática. Se fuerza, violenta y saca de quicio un argumento que, por otro lado, se ha repetido muchas veces en el teatro y al alcance de nuestra vida normal, charlas con las muerte en la famosa danza medieval, dramas de Brecht o pelóculas de Ingmar Bergman. Una paranoia escénica para recordar a Horacio cuando subraya cuanto agradable tiene la locura. Pero aquí nos enfrentamos a una dialéctica lógica, la razón estudiada sobre las tablas o el cuchillo “hoja sola”, que quiere la mano del dueño (Tagore).
Encuentro de dos estupendos cómicos balanceándose sobre una frase de Diderot a que aluden machacones. El placer de morir y la triste realidad de que no se recupera la existencia al bajar el telón del teatro. Un Nerón tañendo su lira mientras arde una inocente Roma individual. Magníficos y brillantes Miguel Ángel Solá y Daniel Freire. Ante los aplausos reiterados saludaron desde el palco escénico. Dieron gracias a los asistentes, lamentaron los espectadores que se quedaron sin entradas por agotarse el billetaje e invitaron a desplazarse a otras capitales.

¿Una dislocación dramática?