BEIRAS, DESBEIRADO

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Renán en La Sorbona –universidad de París, 1882– lanzó una pregunta todavía hoy no contestada: ¿Qué es una nación? Existen respuestas para todos los gustos identificándola con factores de lengua, raza, historia, religión y cultura. Algunos van más lejos y aluden a misión colectiva intemporal y haber hecho grandes cosas en el pasado y estar dispuestos a volver a hacerlas.
La concepción marxista de Stalin –tan proclive para nuestro héroe– identifica este concepto político positivo con la existencia de una comunidad humana estable, cimentada en rasgos de idioma común, territorio, vida económica y cultura materialista.
Acá, en nuestra comunidad autónoma, Xosé Manuel Beiras, en la desnudez de su grandeza didáctica, baraja varias opciones, entre ellas un destino único de campanario universal; aceptando el rol de general con mando en plaza, sueña con anexionarse España, igualito que Alejandrito conquistara Asia.
O, si pudiera ser, asaltar la bastilla de San Cayetano y proclamarse emperador tal cual hizo en su momento el del bicornio con la mano en el pecho respecto a Europa y él relacionado con los territorios celtas: Highlands, la isla de Man, Irlanda, Gales, Cornwall, Bretaña, Galicia, por supuesto, y ciertos aledaños portugueses, asturianos y leoneses. Intereses burgueses calcados de las vicisitudes de la Revolución francesa.
No obstante, conviene respetar, como nosotros hacemos, al docto catedrático y las ideas que almacenan su cabeza de patricio romano y su gestualidad redentora de santo laico.
Desde los tiempos de Manuel Fraga –al que criticó ferozmente por prolongar su vida pública– él rompe sus papeles y olvida su acendrado nacionalismo gallego y se acerca a los rogelios para alcanzar cotas de poder.
No importa revestirse con ideología universal y ciudadano soviético de nuevo cuño… Profesores como el señor Beiras se apartan de sus orillas y caminan al encuentro de señuelos plenos de desvergüenza y desatinos.

BEIRAS, DESBEIRADO