Televisión pública

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Ya se personó en el plató luciendo el lazo naranja en la solapa de la chaqueta. El lazo protesta puesto en circulación por los sindicatos de izquierda y Consejo de informativos de Prado del Rey ante la falta de objetividad e independencia que aqueja –dicen– a la televisión pública. Y habían transcurrido poco más de diez minutos de la entrevista con Ana Blanco, en TVE-1, cuando Pedro Sánchez aprovechó una pregunta sobre el bipartidismo para arremeter contra quien le estaba acogiendo en casa; esto es, contra la cadena pública que en su favor el PP habría “privatizado”. Por fuera de tiempo y lugar, la  salida dialéctica del secretario general socialista cogió a la presentadora casi sin réplica. Y es que asombra ver cómo pretenden erigirse en salvadores de la televisión pública estatal quienes en la segunda legislatura de Zapatero le dieron un golpe de gracia al imponerle un fuerte corsé económico y quitarle la publicidad en beneficio de las televisiones privadas.
Diez días después de la andanada de Sánchez, TVE le dio todo un ejemplo de lo que debe ser  una cadena pública. Mientras los grandes grupos de televisión comercial privada –viernes 13; prime time– decidieron no recortar su programación de entretenimiento, no perder ingresos publicitarios y pasar por alto los sucesos de París, la cadena pública de cobertura estatal abrió ya el espacio La Noche en 24 Horas con lo que en aquellos momentos era “noticia de alcance”. Y a lo que estaba sucediendo en la capital francesa dedicó ya en exclusiva una amplísima información. Imágenes en directo, comentarios de expertos, conexiones con corresponsales, tertulianos en plató. Todo un despliegue de medios técnicos y humanos sobre la marcha, sin guión previo, en orden y dando la sensación que todo estaba controlado. Delante de las cámaras y detrás de ellas. 
Fue un ejemplo de lo que debe ser un medio de comunicación en general y una cadena de televisión en particular. El peligro, no obstante, que suele sobrevolar por ambientes políticos y mediáticos es que algunos pretendan reducir la necesidad y utilidad de los medios públicos para las emergencias y para eso que se conoce como “noticias de servicio público”; es decir, lo que no es publicitariamente rentable. Cada cual por su parte, radio y televisión públicos deben ser un todo; una oferta completa de información y entretenimiento, siempre competitiva, de calidad y sin complejos. El más oneroso dispendio que puede hacerse es, pues, mantener unos medios públicos de sillones vacíos; unos medios  que sólo tengan audiencia en ocasiones muy puntuales. 

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