Rubén Martín de Lucas, en Moretart

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La galería Moretart ofrece una muestra del ingeniero y pintor Rubén Martín de Lucas (Madrid, 1977), titulada “El jardín de Fukuoka” y que es un homenaje al filósofo  japonés Masanobu Fukuoka, el cual vive dedicado a una agricultura que permita recuperar la armonía con la naturaleza, según el espíritu del sintoísmo, del taoísmo y del zen. En esta línea de recuperar ese fluir gozoso adaptándose a las leyes naturales, que el hombre occidental ha perdido, se mueven los “Wild garden” y los “Jardines salvajes” de Martín de Lucas que son como flotantes setos de color o vibrantes corolas de flores; sus indefinidas formas, en constante vaivén sobre el abierto y blanco vacío que las rodea, más que mostrar la realidad objetiva, lo que hacen, según el espíritu del zen,  es traslucir las huidizas luces que quedarían en el ojo interno de un contemplador fusionado con la gracia inefable del lugar de meditación. 
Se trata, pues, de una pintura espiritual, quizá un tanto afín a la abstracción lírica de Klee y Kandinsky, aunque sin las pautas o reglas que estos siguieron para la construcción del cuadro y, por lo tanto, su forma de organizar las masas de color está más cercana al informalismo. 
Manchas aéreas, ligeras, acompañadas a veces de un cierto puntillismo y de trazos que recuerdan la pintura sígnica levitan por las esquinas, como hojas llevadas por el viento, o forman matas de intenso carmín y naranja, a las que el azul turquesa pone la nota complementaria. Se percibe esa pulsión libre de la mano que se ha deslizado en el acto de pintar, con la misma aérea gracia con  que el músico pulsa las cuerdas de su instrumento para despertar evocadoras melodías; sólo así, en ese constante fluir, –verbo que él escribe una y otra vez en sus obras–, es posible sentir la vida sin las ataduras de los preconceptos y sin  los prejuicios del intelecto; el cuadro es un campo de cultivo, como lo es el jardín para el maestro zen, produciéndose la curiosa paradoja de una armonía no reglada, la armonía del wu wei o de la “ no acción” o, por mejor decir, de la acción sin esfuerzo, de la que permite fluir sin influir. 
Frente a estos vergeles luminosos inspirados en el wu wei, Martín de Lucas opone los “Desiertos del monocultivo”, con una serie de cuadros cuyas únicas tonalidades son el negro y el gris, y que aparecen atravesador por series de rayados verticales u horizontales, se trata de parcelas  encerradas en límites estrictamente cuadrados; hay en ello una clara alusión al gris de la cultura occidental, pero también a las pautas enclaustradoras y monocromas de un pensamiento reduccionista; no deja también de hacer un cierto guiño a  la abstracción geométrica, especialmente al suprematismo de Malevich. Opone así, dos mundos, dos modos de entender el arte, los dos seguramente legítimos; pero el primero abierto a los mundos de la creación libre y sin fronteras, el segundo encerrado en normas y pautas, constreñido a  los recintos de un territorio parcelado y cerrado sobre sí mismo. Oriente y Occidente, o dos modos opuestos de entender el mundo, están presentes en esta obra.

Rubén Martín de Lucas, en Moretart