Una monada de sentencia

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HAY quien un día pasa por delante de una cocina, siente que el olor a fritanga lo llama y decide pasar el resto de su vida entre fogones y hacerse llamar chef; y hay quien enloquece con el cheiro a pólvora y se hace fogueteiro. David Slater no sintió ninguna de esas dos llamadas, a él le tiraban las cámaras de fotos y, de hecho, se consagró a la fotografía. Durante un viaje  por Indonesia se ganó la confianza de unos macacos, le dejó su máquina y uno de ellos se hizo varios autorretratos: Jamás podría haber tenido tan mala suerte Slater, pues a partir de ese momento comenzó para él un calvario judicial que no ha concluido hasta después de varios años. Los animalistas reclamaron para el mono los derechos de autor de las imágenes, pues era el verdadero creador; incluso hubo quienes –¡qué listiños!– pidieron al juez que les concediese la administración de esos fondos. Slater está en la ruina, pero los tribunales han acabado por darle la razón, ya que los animales no pueden ser titulares de derechos de autor. ¡Qué juez más mono!, debió de pensar el fotógrafo al enterarse.

Una monada de sentencia