La verdad
Vivimos un momento donde con ahinco nos esforzamos encontrar respuesta a las dudas que nos asaltan. Buscamos esa verdad, capaz de hacernos libres, y topamos la advertencia del poeta: “en este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.
La pregunta de Poncio Pilato, transmitida por los evangelistas, abofetea sin remisión, “¿Qué es la verdad?”. Porque la corrupción nos ahoga, los políticos, nos mienten, los mass media intentan dirigirnos, los sinvergüenzas empedran el camino con buenísimas intenciones...
¿Cómo distinguir lo justo de lo injusto? ¿Lo auténtico de lo falso? Lo perseguía Aristóteles al asegurar que era amigo de Platón, pero más de la verdad.
Echamos una ojeada histórica. Filósofos, escritores, religiosos, educadores, moralistas y economistas de pro se han esforzado a lo largo de los últimos siglos –y de los anteriores también– por descubrir el secreto perfectamente guardado de la existencia “social” y señalar su objetivo idóneo al hombre; lo malo es que sufrimos tanto daltonismo entre lo ético y lo inmoral que no sabemos a ciencia cierta donde quedarnos.
La angustia y crisis económico-social de nuestras hora radican en haber confundido al conducta personal, responsable y exigible (“delitos por negocios legítimos”, “injusticias por riesgos empresariales”, “conductas punitivas por sabiduría ejecutora”), disfrazándolas con matices políticos donde la “culpa” –pese a los iluminados de eso que han dado en llamar 15 M y su “democracia real, ya”– ha generado una nueva aristocracia. Señores de horca y cuchillo y derecho de pernada feudal.
¿Puede estructurarse “la verdad” como axioma jurídico constituyente en la moderna doctrina del Estado?
¿O debe limitarse a establecer la paz y justicia como fines e instrumentos de su poder soberano?
